Lunes 07/10 – LA RUTA DE LA SEDA.

De Nukus a Bukhará. Otra etapa larga, nos esperan 550 kms. que discurren en plena «Silk Road», ruta de la seda. Arrancamos con las motos a punto. Hasta el momento el único contratiempo, si se puede llamar así, ha sido añadir a diario medio litro de aceite a cada moto, ni un fallo, ni un problema, son eternas. Asia central es un territorio remoto, exótico, surrealista, pero sobre todo poblado por gentes muy hospitalarias. Gentes que sobreviviendo a la crudeza del desierto del Kyzyl Kum se han mantenido libres de la contaminación, del turismo masivo y de los cánones cada vez más convergentes de la globalización.

Uzbekistán, de momento es una nación pobre, pero con unas inmensas reservas de gas. Aquí viven unos 30 millones de personas en su mayoría uzbekos, aunque también de otras minorías étnicas, los kazajos, los karapaikos, tayikos, rusos y ucranianos. Toda ésta área estuvo ocupada por nómadas turcos, bajo el dominio de los persas, hasta que toda la zona quedó bajo el poder de los rusos. Primero de los zares y después de los soviets. Uzbekistán es uno de esos países donde puedes parar en medio de una carretera desértica y pase quien pase te dará una mano.

Seguimos circulando bajo un sol de justicia por la infinita recta bacheada acompañados por alguna que otra águila, dromedarios indiferentes a todo, caballos y algún zorro esquivo. Tiempo para pensar, la monotonía de la carretera permite evadirse.

Nuestro único problema son las inexistentes gasolineras que, por norma general, se encuentran desabastecidas. En el hipotético caso de localizar una con reserva, la gasolina “premium” que tienen es de 80 octanos y viene cargada de impurezas. Las motos pueden con todo, son mecánicas antiguas, robustas, el trío de veteranas carece por completo de sistemas de inyección y de electrónica innecesarios para este tipo de viaje. Vincenzo va repostando de sus reservas y nosotros nos vamos apañando con nuestros depósitos dromedarios de 24 litros que ya montaban las superténéré de la época de los 90.

Hay que probar la ruta de la seda antigua, como no.

Transitamos por parte del mar de Aral que aún figura en los mapas, es un trampantojo, en realidad no existe. Otrora se alimentaba de dos rios: el Amu Daria y el Sir Daria. Ambos atravesaban el desierto de Asia Central dotando de verdor y fertilidad el entorno. A lo largo de esa gran huerta florecieron las tres míticas ciudades de la Ruta de la Seda: Khiva, Bukhará y Samarcanda. Sin embargo, en apenas dos décadas desapareció por la intervención humana. En los años 60 los burócratas de Moscú exigieron una producción masiva de algodón para cumplir con los planes quinquenales. Esta producción masiva supuso que se drenaran los ríos, que se excavaran miles de acequias y el agua al completo desapareció del lugar. Se calcula que el 30% de los caudales de ambos ríos se perdió en el desierto antes de llegar a algún campo de algodón. Quedaron barcos varados en la arena en Moynaq y Aralsk, una triste metáfora de cómo quedaría la forma de vida de miles de familias afectadas. El Mar de Aral no es solo una mentira representada en un mapa, es también uno de los peores desastres ecológicos ocurridos en nuestro planeta.

Comemos algo por el camino y retomamos la ruta con la intención de llegar de día al hostal que habíamos podido reservar en el centro de Bukhará.

Tal y como hizo Gengis Khan en el siglo XIII, llegamos a Bukhará, la diferencia es que nosotros entramos pacíficamente montados en nuestros caballos de hierro, sin arrasar con todo.

Sobresale entre las construcciones el minarete de Kalyan que fue indultado de la barbarie del conquistador. Se trata de una impresionante estructura que se alza entre algunas de las medrassas y mezquitas mucho más fastuosas que sus hermanas de Khiva. De dicho minarete eran lanzados los delincuentes de la época, de ahí su apodo de torre de la muerte. Este castigo se mantuvo hasta la década de 1920.

Localizamos el pequeño hostal, situado en una calle peatonal, donde su amable propietario nos permite aparcar las tres motos en el callejón de acceso a su casa.

El hostal Old House Xabibi, configurado tipo riad marroquí (un patio central y cinco habitaciones circundantes) es cómodo. La atención es magnífica al igual que su precio.

Una habitación por barba. Nos vemos en media hora para salir a estirar las piernas. Ducha para sacarnos el fino polvo que se va acumulando durante todo el día y ya limpios y en perfecto estado de revista, nos disponemos a buscar a Aladino en su alfombra mágica.

Después de «turistear» un poco por la ciudad, localizamos un restaurante que nos habían recomendado por el interior de las callejuelas, algo apartado del centro. Exquisito, económico, una atención magnífica y situado en un enclave ideal.

Una botella de vino local y a dormir soñando en el país de las mil y una noches. Fin de la jornada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *