Sábado 05/10. AL FIN EN AKTAU. NOS VAMOS A BEYNEU.

Después de más de 27 horas de travesía. Llegamos de madrugada a Aktau. El barco atracó sobre las 03.30 hrs. No podíamos salir a tierra. Tuvimos que esperar bastante a que los agentes de inmigración kazajos subiesen a bordo para comprobar nuestros pasaportes. Pasaportes que nos tenían retenidos desde que embarcamos.Nadie tiene prisa. Improvisan en uno de los salones del barco una “oficina”. Cuatro sonrientes señoritas nos iban llamando uno a uno para sellarnos la entrada al país con un cálido “Welcome to Kazajstan”.

Ya con los pasaportes en nuestro poder, de pronto gritos, órdenes, carreras, hay que desembarcar a toda prisa. Salimos en cabeza escoltados por toda la artillería rusa rodada. Parecíamos tres mosquitos rodeados de elefantes de la ruta.

Nos retuvieron media hora en la explanada (prohibido rebasar la línea blanca) para posteriormente hacernos pasar a un edificio moderno, unas magníficas instalaciones de reciente construcción.

Allí, en menos de 30′ tuvimos todo el papeleo arreglado. Como aún era de noche decidimos desayunar en el bar a la espera de que amaneciese. Primer objetivo:  repostar con urgencia y no teníamos claro donde podíamos hacerlo. Por delante una de las etapas más duras del viaje, no por la distancia que nos separaba de Beyneu 470 kms., si no por el mal estado de las carreteras, tal y como nos habían advertido en infinidad de ocasiones los compañeros kazajos de travesía.

Hemos desayunado, son las 06:00 hrs de lo que será un día espléndido. Tenemos las pilas cargadas gracias al descanso que nos ha brindado la travesía. Nos ponemos en marcha con un compañero más, a partir de aquí Vincenzo se nos unirá durante varias etapas.

A unos 60 kms. tras haber dejado Aktau comenzó el infierno anunciado. Enormes socavones, asfalto agrietado, tramos totalmente destrozados donde transitaban camiones y vehículos sin ningún tipo de criterio circulatorio, sálvese quien pueda, todo vale con tal de pasar el calvario. Un páramo desierto infinito se abría ante nosotros bajo un sol de justicia.

No hay momento de descanso, no hay forma de evadirse, hay que tener los cinco sentidos en el camino. Todo cuenta, todo duele. Maldiciones en voz alta cuando los amortiguadores delanteros hacen tope por los socavones, rabia por lo que le pueda pasar a la moto, sufrimiento compartido, al final la moto después de tantos días acaba siendo una extensión del propio cuerpo.

Después de 3 horas de apalizamiento, al fin el asfalto se torna amigable. Lo hemos conseguido. Nos paramos en un solitario bar que encontramos a unos 180 kms. de la salida en Aktau. Revisamos las motos y ajustamos el equipaje que con el traqueteo de la carretera está descompuesto. A Vincenzo se le ha desoldado el soporte del caballete y una de las defensas laterales de inox, lo solucionamos provisionalmente con unas bridas.

Entramos a merendar, no sin antes observar una gs 1200 solitaria en el exterior del local.

Compartimos merienda con su piloto, un kazajo muy simpático llamado Sultán que se dirigía en solitario a la concentración de bmw’s que se celebraría en Kirguistán.

Nos despedimos y retomamos nuestro camino hacia Beyneu.

A las pocas horas llegamos a nuestro destino, Beyneu. Una pequeña ciudad rural emergente de la provincia de Mangystau en Kazajistán. Calles sin asfaltar, equipamientos mínimos. Una ciudad de paso con muy poco que visitar. Un bazar donde se pueden comprar frutas, verduras y otros productos y una galería de tiro con carabina de aire comprimido cerca del mercado.

Nos dirigimos a uno de los hoteles que habíamos visto por Internet pero solo nos pudieron dar una habitación.

El recepcionista, muy amable, hablaba inglés y nos localizó a un amigo soldador que le repararía la moto a Vincenzo. La reparación salió únicamente por 5$,  más de dos horas de trabajo de soldadura inox. La «poderossa» quedó nueva.

Ya por la noche, tras haber localizado otra habitación doble para poder pernoctar el resto, nos dirigimos a cenar al único bar que se encontraba abierto. Una especie de take away donde nos atendieron de maravilla. Fotos y más fotos con el personal del bar, no era muy habitual recibir turistas extranjeros.

Fin de la maratón. Llevábamos despiertos casi 24 horas, estábamos realmente agotados, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

 

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