Falta poco.

Son días grises, días de incertidumbre, preguntas, sobreinformación y hartazgo. De rutinas milimetradas en los diferentes rincones de nuestras casas que a diario nos van aprisionando. La paradoja, a nivel de paranoia, nos lleva, en realidad, a estar viviendo un autoconfinamiento en el hogar con el objetivo común de no colapsar los hospitales que ya no dan para más. No sólo por nosotros mismos, sino, sobre todo, por nuestros seres queridos, por nuestros mayores con quienes el SARS2 se ceba sobremanera. Es lo menos que podemos hacer por ellos, nuestros héroes silenciosos sin capa, que ya fueron auténticos supervivientes cuando eran niños y lo están siendo ahora en tiempo de pandemia.

Cada día nos sorprenden nefastas noticias. Los datos de contagios y fallecidos se van multiplicando y los temores aumentan. Seguimos recibiendo las vacunas con cuentagotas. Intentan desviar nuestra atención deliberadamente, ocultando cifras reales, esquivando el bulto. De momento se anteponen los intereses electorales de Cataluña a cualquier cosa, surrealismo en estado puro, se autoriza ir a votar contagiado. Sigue sin haber un atisbo de coherencia en toda la gestión de esta pandemia.

Ya estamos en febrero, el martillo con el goteo de los días sigue picando inexorable… La temporada estival se acerca, la ruina económica que se avecina en las Baleares será una catástrofe. Una segunda temporada sin turismo va a acabar de derrumbar a la población de unas islas que su sustento depende de la entrada de visitantes. Las colas en los centros de día que reparten comida van aumentando a medida que pasan las semanas. El panorama es desolador.

Salgo a tirar la basura con tantas precauciones que parece que voy de expedición a un decorado zombi y me da la sensación de que las calles están como en Chernóbil después del petardazo, radiactivas, desiertas y prohibidas.

Intento autosugestionarme tibiamente con algún comentario positivo, con algún punto de luz de algún medio de comunicación que nos rescate de esta fosa donde hemos sido arrojados. Y coincide que esa luz siempre aparece garabateada al final de una frase que empieza con un ambiguo “cuando todo esto termine…” No puedo evitar aferrarme día a día a esa secuencia de palabras como a un clavo ardiendo. Es el hálito de esperanza, de determinación y de vida que nos queda a los viajeros en moto. Un día más es, en realidad, un día menos para acabar con esta maldita pesadilla.

Desde mi casa en plena montaña con mi familia me siento muy afortunado, observo grandes bandadas de estorninos dibujando figuras en el cielo con una geometría increíble. Y pienso que cuando todo esto termine, podremos volver a volar como ellos. La ansiada libertad que nos llevará, por fin, a abrazar a la gente que más añoro, que de momento, son unos simples píxeles en una pantalla. A celebrar en casa fiestas y a rendir un merecido homenaje a mi madre que ha superado la maldita enfermedad a sus 81 años. Por supuesto, a volver a practicar ese verbo que nos representa y por el cual ha tomado forma esta web: VIAJAR EN MOTO.

En días como hoy, cuando el pasillo de casa pasa a ser la carretera, la cocina el restaurante, el salón el bar, el baño el spa y el dormitorio un modesto hotelito rural, resulta necesario aferrarse a las noticias positivas, tanto procedentes del exterior como de nuestros micromundos hogareños, a los sueños y, en definitiva, a la esperanza. Todos ellos son alimento y en cierta manera una terapia mental para seguir afrontando este año que ha pasado en blanco a nivel planetario.

El mundo de los humanos se ha estremecido. Es el paradigma de un edificio en construcción con los cimientos dañados que afectará al resultado final si no ponemos todos de nuestra parte. En efecto, mucho está abocado a cambiar a partir de ahora y para siempre. Esta pandemia es la Guerra Mundial que varias generaciones jamás imaginamos que viviríamos, aunque el enemigo en esta ocasión es invisible. Las trincheras las ponemos nosotros y él se agarra al pasotismo de quienes lo subestiman. Y hasta ahora ha estado venciendo todas las batallas, está quebrando países, aunque la línea de fuego está repleta de valientes, de grandes investigadores sin ningún tipo de apoyo institucional que a buen seguro revertirán esta situación.

No es momento de echar en cara lo que no se ha hecho bien, a pesar de que estoy muy indignado y me cuesta un mundo callarme. Tiempo habrá para que vuelen los reproches, de pedir responsabilidades a quienes debieron haber escuchado a los expertos y haber previsto la peor de las situaciones, responsabilidades que seguramente quedarán en agua de borrajas porque en nuestro querido País se está perdiendo la independencia judicial y día a día nos van cercenando libertades a golpe de decreto ley. Ahora lo que procede es empujar entre todos nosotros, los ciudadanos de a pie, para arrinconar y derrotar a ese maldito coronavirus. ¿Cómo? Salvo esa primera barrera de lucha, inteligencia, valentía y tesón que ponen los profesionales de la salud, las fuerzas y cuerpos de seguridad o los muchos colectivos sin los cuales no tendríamos sustento durante el confinamiento, la inmensa mayoría de la población puede seguir ayudando quedándose en casa y saliendo lo mínimo e imprescindible para aplanar esa curva que en estos momentos parece un caballo desbocado.

A Jordi en su confinamiento le queda seguir dibujando con cierta melancolía esos recuerdos imborrables de Bukhará en su cuaderno de viajes.

A mí lo único que me queda es seguir aporreando el teclado frente a mi ventana desde donde sigo observando día a día esas bandadas de estorninos dibujando figuras imposibles y, pasado casi un año, aún no me creo lo que está ocurriendo. Sé que vienen días y semanas durísimas y que esto solo ha sido el calentamiento antes de empezar a jugar el partido, a tenor de como se está gestionando la situación, nos falta la primera parte, la segunda parte, la prórroga y los penaltis. El panorama que se avecina es terrible, si no se afronta seriamente la situación.

El único clavo ardiendo que nos queda es seguir proyectando viajes, caminos y lugares que nos están esperando ahí fuera para cuando todo esto termine. Ojala sirvan estas líneas para poder inspirar y entretener a todas esas personas que han tenido a bien entrar a nuestro hogar virtual. Este rincón viajero es suyo, siempre lo ha sido y siempre lo será. Escribir en estos tiempos resulta una terapia para mí y si logro que lo lea un único lector, aunque sea por unos segundos, habrá merecido la pena todo el esfuerzo.

Cuando todo esto haya pasado volveremos a brindar, a saltar, a abrazarnos, a contarnos los chistes a la cara y a secarnos las lágrimas con manos ajenas desprovistas de guantes. Cuando todo esto termine volveremos a besar otros labios, a correr sin rumbo, a contemplar las maravillas de otros países. Cuando todo esto termine, nos esperan horas de terraceo en la calle, de sol, de cañas con amigos, de fiestas, de viajes improvisados, de música a deshoras y de la brisa acariciando la piel.

Cuando todo esto termine, nuestro reloj interno de ilusiones volverá a ponerse en marcha y los sueños estarán más cerca. Habremos aprendido de una experiencia que, de manera inevitable, nos acompañará para siempre.

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