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El geriátrico ampliado: la gran estafa del fitness de tercera edad.

Me he dirigido como cada mañana al templo del sudor industrial y he tenido que salir a por aire para evitar que el cinismo me colapsará los pulmones. Resulta que ahora los gimnasios de barrio ya no huelen a androsterona, a tabaco, a magnesio ni a esfuerzo de trinchera; ahora huelen a burdel parisino, a tena lady, a ungüento de herbolario y a conspiración de pensionistas. Me produce una mezcla de fascinación antropológica y rechazo soberano ver a este batallón de la tercera edad recibiendo una clase particular con mallas de leopardo fosforito y zapatillas ortopédicas con cámara de aire, invadir las salas de máquinas con la parsimonia de quien va a la plaza de abastos. Vais vestidas de atletas olímpicas de la Alemania Oriental, de Nadia Comăneci de Aliexpress, pero vuestro mayor logro físico es bloquear la prensa de piernas durante cuarenta minutos mientras diseccionáis la última operación de cadera de la vecina del quinto.

José Saramago dejó escrito que «la vejez empieza cuando la curiosidad se acaba». Vosotras habéis sustituido la curiosidad por el postureo del bienestar cardiovascular. Habéis comprado el discurso empaquetado de la eterna juventud que os venden en los folletos de la sala de espera del médico y habéis decidido trasladar la tertulia del mercado central al santuario del acero.

Da una pena cósmica veros en la cinta de correr a un kilómetro por hora, con las manos aferradas a los asideros para no perder el equilibrio, mirando la pantalla integrada con la misma cara de estupefacción con la que un analfabeto mira el manuscrito Voynich. Es el simulacro perfecto de la actividad humana: gastar luz para simular que caminas hacia ninguna parte mientras el mundo real se desguaza ahí fuera. Te pones detrás de una de ellas esperando usar las mancuernas ligeras y te encuentras con un muro de laca inamovible que te mira con el desprecio del que se sabe impune por la gracia del carné de jubilado. Si les pides paso, te arriesgas a una reprimenda con tono de funcionaria de ventanilla que te hiela la sangre en el acto.

Son las nuevas amazonas del bienestar subvencionado, exigiendo que el monitor de veintidós años les ajuste la altura del sillín de la bicicleta estática para poder pedalear sin quitarse los anillos y con la esperanza de que les roce la nalga. El orgullo de reventarse las manos contra una barra de fundición, de sentir la quemadura del ácido láctico en los deltoides y de salir del sótano oliendo a congestión y a fatiga real no lo vais a oler en vuestra cómoda existencia de usuarias VIP del aquagym. Seguid estirando las gomas de colores y haciendo crucigramas en el banco de abdominales. Yo me vuelvo a la calle, a quemar embrague y a gastar suela contra el asfalto duro, lejos de vuestra parodia de la supervivencia.

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