Eusebio Crespo (Cosecha del 66)
Dicen los psicólogos de salón que lo mío se llama dromomanía: una inclinación excesiva e incontrolable por andar viajando. Qué sabrán ellos. Yo lo llamo estar vivo.
Huyo de las salidas en grupo, de las concentraciones domingueras y de toda esa parafernalia del postureo motero tecnológico actual. No me interesan los cromos repetidos. Soy un motero solitario que viaja en motos clásicas trail; cacharros con alma que se arreglan con un alambre y un destornillador a un lado de la carretera.
Llevo casi tres décadas metiendo la moto por donde la lógica y el sentido común dicen que no se debe pasar. Son treinta años de asfalto roto, caídas en seco, barro hasta las cejas y pistas chungas. Mucho antes de colgar el uniforme de funcionario que vestí desde 1989, yo ya estaba buscando la siguiente grieta en mi mapa vital para desaparecer.
Me considero polifacético por naturaleza. En 2005 mandé la comodidad burocrática a hacer gárgaras. Pedí una excedencia y cambié la mesa de oficina por siete años de marino. Como Capitán de Yate, Yachtmaster Ocean y Patrón de Cabotaje navegué por medio globo terráqueo. El mar no negocia con nadie; te enseña a depender de tu propia templanza cuando las cosas se complican de verdad. Ahora que estoy de vuelta en el dique seco, aplico esa misma vieja escuela de supervivencia para “navegar” en tierra firme.
A la vuelta de aquella bendita locura marítima, y con los ojos ya puestos en una jubilación prematura, me enfrasqué por puro aburrimiento institucional en el grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual. Me gradué en 2016 sin más pretensión. Ryszard Kapuściński decía que “para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos”, pero también que el verdadero reportero se cuece en el polvo del camino, no en las redacciones con aire acondicionado. Supongo que lo mío fue una vocación tardía para aprender a contar la crudeza del mundo sin filtros románticos.
Hoy, calzando ya los 60 tacos, me encuentro felizmente jubilado y milagrosamente entero. En cuanto la vida familiar me deja un resquicio, arranco la Transalp y escapo.
Este espacio no es una guía turística reluciente de hoteles con encanto ni un escaparate de likes. Esto es mi Cuaderno de Bitácora personal: las crónicas crudas de un tipo de vuelta de todo que prefiere un sendero de cabras y un antro de carretera a cualquier autovía aburrida. Solo kilómetros, polvo, dificultades, y la libertad absoluta de avanzar mientras el cuerpo aguante.
Porque, al fin y al cabo…
“Te haces mayor cuando tienes más recuerdos que ilusiones”