El del carné de Playmobyl: elogio del volante ajeno

Hay una plaga que circula por nuestras carreteras a la velocidad exacta que le dicta una pantalla, no un cerebro. Sacó el carné en algún momento de su vida vegetativa, pero nunca aprendió a conducir: aprendió a mover un volante y a pisar dos pedales, uno mucho, el otro poco, mientras un orificio de sensores dignos de la NASA piensa por él. Porque él, desde luego, no piensa. Ni falta que le hace: para eso paga la financiera del coche.

Es el ejemplar que, si el límite marca 120, él va a 100 en el carril izquierdo, orgulloso de su prudencia de cartón piedra, indiferente a que detrás se le acumule un camión de treinta toneladas obligado a jugarse el pellejo adelantándolo en una maniobra mil veces más peligrosa que sus sagrados 20 kilómetros de margen. No lo sabe, ni le importa saberlo: él va a su ritmo, a su bola, convencido de que la vía es suya en usufructo vitalicio y que el resto del mundo puede esperar detrás, tragando el humo de su superioridad moral autoconcedida.

Es el que pone el intermitente y se cree Moisés abriendo el Mar Rojo: como ha parpadeado una luz naranja, el carril es suyo por derecho divino, y se mete sin mirar, porque para qué mirar si ya ha avisado. Es el mismo que cambia de carril en la autopista cien metros antes del adelantamiento, no porque lo haya decidido él —Dios nos libre, decidir requiere neuronas—, sino porque el radarcito de su cochazo de última generación, ese juguete de Play Mobyl con ínfulas de nave espacial, le ha soplado al oído que hay un camión más adelante. Un indigente mental con asistencia electrónica de lujo: la miseria intelectual mejor equipada de la historia de la automoción.

Y luego están las rotondas, su coliseo particular, el escenario donde exhibe con más esplendor su absoluta incompetencia. Entra siempre por el carril exterior, siempre, da igual adónde vaya, anulando de un plumazo la existencia de los demás carriles, porque leer una rotonda, interpretar una trayectoria, anticipar una salida, son verbos que no figuran en su vocabulario. Gira el volante y confía. Es fe pura, litúrgica, aplicada al asfalto: cree en su GPS como otros creen en los santos, y con la misma capacidad de razonamiento crítico.

No conduce: es conducido. Por un algoritmo, por una pantalla, por un intermitente que activa sin comprobar nada a su alrededor, por el pánico difuso de quien nunca entendió que el volante es una prolongación de la cabeza y no al revés. Lleva encima toda la tecnología que la ingeniería alemana o japonesa ha sido capaz de amontonar, y sigue siendo, en esencia, un mono con mandos, apretando botones sin saber qué hacen, mientras el resto de la carretera contiene la respiración a su paso.

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