ALTITUD, PIEDRA Y EL REFUGIO DE LOS ÚLTIMOS REBELDES.

Sábado, 6 de mayo de 2023

El desierto te despide con la misma indiferencia con la que te recibe. Dejé atrás el Erg Chebbi, el bochorno nocturno de los 32 grados y la torre fortificada de Toni Baraka a primera hora de la mañana, apuntando el morro de la KTM hacia el noroeste. El objetivo final de la jornada era Agoudal, un nido de águilas bereber en el Alto Atlas a más de 2.500 metros de altitud. Para un tipo solo sobre un hierro, esta etapa es el verdadero examen de geografía física: pasar del suelo de arena asfixiante al laberinto de piedra fría de la cordillera.

La salida del hotel se retrasó hasta las diez de la mañana. A esa hora el termómetro ya castigaba con unos sofocantes 40 grados de temperatura. Una anomalía térmica brutal para principios de mayo; algo raro está pasando con el clima en este continente.

 

 

El bochorno me obliga a abrir de par en par todas las rejillas de ventilación de la chaqueta de cordura para poder respirar. Antes de pisar el asfalto, toca sesión obligatoria de mantenimiento de trinchera: los putos retrovisores se han vuelto a aflojar. Menuda mierda de ingeniería. Toca sacar las herramientas, apretar las roscas a conciencia y asegurar el invento con bridas para que el bacheo no los termine de desmontar. Tras pegarme una última ración de dunas y devorar pistas de arena suelta, enlazo por fin con la carretera en dirección al Valle del Ziz, apuntando hacia las Gargantas del Todra, la típica ruta turística obligatoria para cualquier motero que pise Marruecos.

El camino es una delicia visual ideal para recorrer en moto, una postal que discurre en paralelo al margen de un palmeral inmenso donde los oasis rompen la aridez de la roca y las casas de adobe parecen brotar de la misma tierra. Hago varias paradas en el camino para estirar las piernas y documentar el terreno.

La intendencia humana exige una parada antes de afrontar las rampas duras de la montaña, así que clavo la pata de cabra en el restaurante Dar Art Bara, situado justo a los pies del macizo de acceso. El sitio es regular en lo gastronómico pero el personal compensa con una amabilidad extrema, sorteando una cantidad industrial de moscas que disputan cada plato. El precio ya acusa el “impuesto del turista”: unos 13 euros al cambio por una Coca-Cola, una botella de agua grande y un menú donde me plantan un plato de pasta que yo no había pedido, un surtido de aceitunas locales muy buenas y un melón exquisito acompañado de naranja espolvoreada con canela.

Después de comer, examino la máquina. El motor responde impecable, pero me empieza a preocupar seriamente el neumático trasero: la roca afilada está haciendo estragos, la goma muestra una degradación alarmante y ya tengo varios tacos arrancados de cuajo. Habrá que mimar el gas si no quiero terminar rodando sobre las llantas antes de tiempo.

A la salida del restaurante toca lidiar con el paisanaje local. El primer bereber que se me acerca me vende una pulsera magnética para la artritis; al segundo le compro dos pañuelos bereberes tradicionales. Sé perfectamente que terminarán olvidados en el fondo de algún cajón de la casa al regresar, pero es mi forma de contribuir en algo con esta gente que sobrevive en los márgenes de la ruta.

Cruzo Tinghir y me meto de lleno en el asfalto encajonado de las Gargantas del Todra. Las paredes verticales de roca caliza se elevan casi trescientos metros sobre tu cabeza, encogiendo el cielo hasta dejarlo reducido a una delgada línea azul; un escenario espectacular que te recuerda el tamaño real de tu propia insignificancia. Pero el asfalto es el territorio de los autobuses de línea. En cuanto la carretera empieza a trepar de verdad hacia las cumbres, busqué las pistas de tierra y piedra suelta de la ruta R703. Kilómetros de off-road puro por el antiguo trazado que une los valles altos. La 790 se siente viva en este terreno: el modo Rally activado, la trasera deslizando controlada sobre la grava y el polvo levantándose como el humo de una batalla privada. Cruzar el Atlas por arriba es descubrir el Marruecos profundo: pueblos de adobe colgados de laderas imposibles donde el tiempo se detuvo en el siglo XIX y pastores nómadas que te miran pasar con la misma fijeza imperturbable que las piedras.

A pocos kilómetros de coronar el objetivo, el continente me demuestra lo rápido que puede cambiar de humor. Una fuerte tormenta nos sale al encuentro en mitad de la subida y el termómetro de la pantalla TFT se desploma sin frenos hasta marcar unos gélidos 15 grados. En apenas unas horas de conducción, he sufrido una diferencia térmica de 25 grados en el cuerpo. El ambiente se vuelve fresco, limpio, y el verde del entorno montañoso desprende un olor a tierra mojada fantástico. Esta noche me voy a vengar de la tortura calurosa de la madrugada anterior.

Llego temprano al pueblo de Agoudal, un cruce de caminos áspero y ventoso rodeado de cumbres a 2.500 metros de altitud donde históricamente las tribus bereberes Ait Atta plantaron cara a las tropas coloniales francesas en los años treinta. Planto la moto en el Auberge Restaurant Afoud. No soy el único náufrago hoy; el lugar está acaparado por un grupo de moteros alemanes ya talluditos, pertrechados con sus pesadas y reglamentarias BMW de catálogo. También comparte espacio una pareja a lomos de una Honda Transalp clásica, un viejo lobo de la vieja escuela mecánica que sabe muy bien lo que hace. El establecimiento está en plenas reformas, pero el trato de Ibrahim, el perfecto anfitrión, es impecable. Nada más llegar me ofrece una bienvenida bereber auténtica: unos cacahuetes, un picoteo local cuyo nombre desconozco pero que está soberbio, y el característico té de menta marroquí hirviendo.

 

La habitación asignada es amplia, la temperatura interior es ideal y me regala la mejor ducha de agua caliente y con presión de todo lo que llevo de viaje por Marruecos; un lujo que sabe a gloria cuando llevas el polvo gris de las pistas incrustado hasta los poros. Esta noche tendré que dormir tapado con manta. Tras dejar los bártulos, salgo por la tarde a patrullar a pie la Kasbah que se levanta justo frente al hotel. Aquí arriba el turismo de masas no ha logrado meter su cuña plastificada; se respira la esencia marroquí real entre las casas de adobe. La gente es hospitalaria por naturaleza y no sufres esa presión comercial oportunista, a veces tan molesta, de otras zonas del mapa. Antes de regresar, decido investigar el entorno con la moto y me meto a hacer un trozo de pista por un rio seco junto al hotel. Tiene una amplitud imponente entre las laderas, pero el caudal es inexistente: está completamente seco, un desierto de piedras que anticipa la dureza del terreno que queda por delante.

De vuelta al refugio, con la chimenea encendida combatiendo el frío de la altitud, cenamos un tajine soberbio compartiendo mesa, rancho y batallitas mecánicas con los ingleses y el resto de moteros bajo el crepitar de la leña. Es la única diplomacia que reconozco. El Atlas ruge fuera en la noche, pero la trinchera es segura. Me voy a dormir. Este es un auténtico hotel motero.

 

🛠️ Informe de Carretera

  • Tramo: Merzouga – Valle del Ziz – Gargantas del Todra – Pistas del Alto Atlas (R703) – Agoudal.
  • Estado de la Pista: Tramo turístico del Todra limpio y despejado. Pistas de montaña hacia Agoudal rotas, con abundante piedra suelta, tramos sin asfaltar y rampas fuertes que exigen pilotaje físico de pie. Choque térmico brutal al coronar, pasando de 40º a 15º bajo una fuerte tormenta de montaña. Pistas secundarias por el cauce seco del río Dhraa pedregosas pero firmes.
  • Estado de la Máquina: Preocupación seria por el neumático trasero; presenta una degradación notable con varios tacos arrancados por la piedra del Atlas. Retrovisores fijados de emergencia con bridas tras aflojarse por el traqueteo. La inyección electrónica gestiona bien la altitud y la falta de oxígeno a 2.500 metros.
  • Incidencias: Parada técnica para comer ración de pasta y melón en el restaurante Dar Art Bara (13 euros, regular pero amables y con muchas moscas). Compra de intendencia de carretera a los bereberes del camino (pulsera magnética y dos pañuelos). Estancia excelente en el Auberge Afoud gestionado por Ibrahim, con parking privado interior, cena de hermandad motera junto a la chimenea y la mejor ducha de agua caliente de Marruecos.

 

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