Martes, 9 de mayo de 2023
He pasado una buena noche en el Relais de Sables de Tata. El hotel ha resultado cómodo, de esos a los que aún les faltan algunos detallitos por pulir pero que compensan con instalaciones totalmente nuevas, una buena piscina para quitarse el polvo, cerveza fría a dos euros la pinta y una comida bastante aceptable en líneas generales. El desayuno, eso sí, se ha quedado un poco escaso para el desgaste que exige la carretera. Toca ajustar los bártulos sobre el chasis y arrancar. Nos espera una etapa corta en kilómetros, pero intensa en contrastes térmicos.
El manillar de la Andorrana apuntó firmemente al oeste, buscando el alivio del Atlántico. La salida de Tata ya anticipaba lo que venía: el termómetro clavaba los 35 grados nada más arrancar, pero al adentrarme en el desierto interior la ruta se convirtió en una sucursal del infierno. El marcador de la pantalla TFT deliró hasta alcanzar los 43 grados centígrados. Rodar en estas condiciones es como avanzar de frente contra el chorro continuo de un secador de pelo gigante; un aire abrasador que te seca las mucosas, recalienta el mono de cordura y pone a prueba la resistencia física. El puto calor ha sido, sin duda, el único y gran protagonista de toda la primera mitad del día. No hay más historia en este tramo que sobrevivir al horno de convección.
La intendencia humana exigió parar en un pueblo anónimo del Anti-Atlas. Aquí el protocolo del rancho es directo, de trinchera: vas a la carnicería local, compras unos pinchos de carne cruda y te vas al restaurante de al lado, donde te los cocinan al carbón en el acto a cambio de unas monedas. Almorcé allí, rodeado de moscas y en compañía de los paisanos del lugar, compartiendo el humo y el silencio de los que ven pasar la vida al borde del asfalto. Combustible rápido y legítimo para seguir la marcha hacia Guelmim.

Y entonces, a escasos 30 kilómetros de alcanzar Sidi Ifni, ocurrió la magia. Como si cruzaras una frontera invisible en el mapa, el soplete sahariano se apagó de golpe. La temperatura descendió 18 grados en cuestión de unos pocos kilómetros, estabilizándose en unos gloriosos y agradables 25 grados al entrar en la villa costera. El cortocircuito térmico te cambia el cuerpo en un instante.
Sidi Ifni no es solo un punto en la costa; es una cicatriz viva en la memoria colectiva. Hasta 1969 fue la capital de la Provincia Española de Ifni, la mítica “Provincia 51”. Al rodar despacio por sus calles, el tiempo sufre un parón drástico. El desorden de los coches de línea marroquíes convive de forma irreal con la arquitectura Art Déco colonial, el antiguo cine en ruinas, la Plaza de España y el edificio del consulado abandonado. Bajé de la moto y fui al mercadillo local a empaparme de esa atmósfera de frontera suspendida en el tiempo. La gente aquí es de una cercanía asombrosa. En cuanto ven la matrícula extranjera, los paisanos más mayores se te acercan con una sonrisa; te hablan en un español perfecto, pausado y limpio, aprendido en las escuelas de los soldados de reemplazo de las guarniciones olvidadas.
En un rincón de la entrada cumplí con un ritual sagrado. Le había hecho una promesa en firme a Javito, de Sahara Bikes, y las promesas de la carretera se cumplen siempre. Busqué el cartel oficial de entrada a la ciudad de Sidi Ifni y, sobre el metal gastado, pegué la pegatina de su taller. El padre de Javi fue teniente del ejército español aquí mismo durante aquellos años de la guerra no declarada de 1957. Con ese simple gesto de la calca sobre el cartel, el círculo se cerraba definitivamente sobre el chasis de mi moto.
Hunter S. Thompson escribió que hay lugares que te obligan a cometer actos de hermosa locura. Para mí, ese lugar fue la playa de Legzira, unos kilómetros más al norte. Es el paraíso de los furgoneteros y los viajeros de largo recorrido. Las playas son simplemente increíbles. Esperé a que la marea bajara y dejara una autopista de arena húmeda y compacta. Bajé la 790 directamente a la orilla. El moco de la rueda trasera aguantaba la presión y el bicilíndrico empezó a tronar con el eco del Atlántico. Metí primera y disfruté como un crío pequeño, rodando a toda velocidad por el límite de las olas, grabando vídeos y disparando fotos bajo los colosales arcos de piedra roja esculpidos por la erosión marina. Maniobrar el hierro entre esos pilares naturales gigantescos justifica cada puñetero grado de calor sufrido por la mañana.
Cerré el día instalándome en el hotel Sable d’Or, un alojamiento cuya ubicación es un espectáculo: está plantado encima de la misma playa, con el rugido del océano golpeando los cimientos del edificio. Es una construcción antigua, pero el personal es extremadamente atento y lo tienen todo impecable de limpio. Por el precio pagado, no se puede pedir absolutamente más. La moto se queda durmiendo fuera, al raso de la playa; aquí no hay ningún problema.
La jornada terminó con la autenticidad que merece un día de mar: cenando en la terraza a pie de playa unas sardinas a la brasa con patatas y ensalada, comida exquisita y muy económica. Un día fantástico y completo. Me voy a dormir con la ventana abierta, escuchando el oleaje romper contra la piedra y sabiendo que el Atlántico nos ha dado la tregua necesaria antes de iniciar el asalto definitivo hacia el Sáhara Occidental.
🛠️ Informe de Carretera
- Tramo: Tata – Guelmim – Sidi Ifni – Playa de Legzira.
- Estado de la Pista: Asfalto interior rectilíneo y calcinado por el calor extremo (picos de 43º). Tramo costero final limpio, con un desplome térmico brutal de 18 grados al acercarse al mar. Conducción off-road sobre la arena compacta de la playa de Legzira aprovechando la marea baja.
- Estado de la Máquina: Mecánica fiable bajo el soplete del desierto. El neumático trasero aguanta la tracción en asfalto rápido. Las pinzas de freno y los bajos de la KTM exigen un manguerazo urgente de agua dulce para eliminar el salitre y la arena de la playa.
- Incidencias: Almuerzo tradicional de pinchos de carnicería cocinados al carbón en restaurante de paisanos. Inmersión histórica en Sidi Ifni y cumplimiento de la promesa a Javito (Sahara Bikes) pegando la calca en el cartel de entrada. Sesión de fotos y rodaje bajo los arcos de roca de Legzira. Pernocta en el hotel Sable d’Or en primera línea de playa con la moto al raso. Cena económica de sardinas a la brasa.
