LA RETAGUARDIA SAHARIANA Y EL REFUGIO SURFERO.

Domingo, 14 de mayo de 2023

Ganar un día al mapa es la mejor victoria del lobo solitario. Con el ritmo metido en las muñecas, arranqué la Andorrana en el aparcamiento de El Jodesa dispuesto a firmar la salida definitiva del desierto. El objetivo era meterle una panzada de 650 kilómetros al hierro para llegar a Agadir, dejando atrás el Sáhara Occidental en una sola tirada salvaje. La N1 se estiraba hacia el norte bordeando el océano, cruzando por segunda vez, esta vez hacia el norte, la desolada cuenca de Tarfaya y los cañones secos que mueren en el Atlántico. El viento sahariano, que esta vez me sacudía por babor, me dio la última bofetada de despedida antes de que el paisaje empezara, muy lentamente, a recuperar el color verde y la humedad de la costa asfáltica.

Ryszard Kapuściński dejó escrito que cuando el paisaje cambia, el hombre se transforma. Pasando Tan-Tan, el desierto fue entregando la cuchara ante las primeras estribaciones del Anti-Atlas costero. La carretera dejó de ser una recta de hipnosis para convertirse en un trazado sinuoso de subidas y bajadas reviradas que exigieron volver a jugar con el cambio y exprimir los caballos del bicilíndrico austriaco. El moco de la rueda delantera ya era parte oficial de la ingeniería de la moto; se había tragado el calor, los baches y la sal sin rechistar. Tras horas de mantener el gas fijo esquivando camiones cargados de mercancías y furgonetas suicidas, las luces de la gran bahía de Agadir recortaron el horizonte al caer la tarde.

El destino final de esta maratón era el Surf & Salsa Guest House, un rincón con un concepto radicalmente opuesto a la trinchera espartana del Sáhara. Ubicado en las zonas tranquilas de la periferia de los surferos, el hotel es un auténtico oasis de ambiente relajado, mochileros con sal en el pelo y música de fondo. El contraste fue un golpe directo al paladar: pasar de la vigilancia militar de El Aaiún a un patio lleno de tablas de surf, hospitalidad occidental y buen rollo. Me asignaron una habitación impecable, aparqué el hierro a buen recaudo en su zona segura y me quité de encima la costra de polvo sahariano con una ducha de agua caliente que supo a gloria.

Salí, como es costumbre a patrullar los alrededores y acabe cenando en un restaurante a pie de mar, compartiendo espacio con los locales. Mientras devoraba un rancho excelente de pescado alejado de los tajines de carretera, observaba el mapa del norte.

Había salido con vida del infierno de arena del sur  y de una paliza de ida y vuelta kilométrica, del fiasco del Guerguerat y el chasis seguía entero. Un par de cervezas legítimas para celebrar el regreso a la civilización y a dormir a pierna suelta, escuchando el eco de la música y el Atlántico, sabiendo que mañana el manillar apuntaría hacia el laberinto imperial de Marrakech.

🛠️ Informe de Carretera

  • Tramo: El Aaiún – Tan-Tan – Guelmim – Agadir.
  • Estado de la Pista: N1 con rectas iniciales monótonas transicionando a tramos de curvas y desniveles revirados al aproximarse al Anti-Atlas. Pavimento rugoso y tráfico pesado denso cerca de los núcleos urbanos.
  • Estado de la Máquina: Kilometraje masivo cubierto sin incidencias mecánicas. Presión del neumático delantero inalterada. El motor austriaco trabaja más desahogado al disminuir la temperatura ambiental.
  • Incidencias: Ganancia de un día sobre el itinerario previsto. Abandono definitivo del territorio del Sáhara Occidental. Recepción e intendencia sobresalientes en el Surf & Salsa Guest House de Agadir.

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