EL VÉRTIGO DEL ATLAS Y EL AVISPERO DE MARRAKECH.

Lunes, 15 de mayo de 2023

La autopista que une Agadir con Marrakech es una pista de aterrizaje aburrida y estéril para ejecutivos con prisa. No suelo buscar el camino corto, sino el que muerde. Apunté el manillar hacia las entrañas del Alto Atlas para acometer uno de los pasos de montaña más legendarios, rotos y vertiginosos del norte de África: el puerto del Tizi n’Test. Son más de dos mil metros de altitud escalados a base de asfalto viejo, parches de tierra, desprendimientos de roca y curvas de herradura colgadas sobre el abismo absoluto, muchas de ellas sin un solo metro de quitamiedos. Al alejarme de la costa, el termómetro volvió a la carga con picos de calor de 35 grados, pero el ambiente se mantenía más apacible que el soplete de los días anteriores.

Albert Camus escribió que el hombre se define por lo que elige en los momentos de riesgo; subir el Tizi n’Test en solitario con un hierro de casi doscientos kilos es una elección de las que te devuelven el pulso. A medida que la altitud devoraba el oxígeno, el bicilíndrico estiraba las marchas cortas con rabia, mientras las suspensiones trabajaban al límite digiriendo los socavones de la calzada. Pero en mitad de la ascensión, la puñetera moto decidió meter un extra de tensión: la pantalla TFT se quedó completamente en negro. Pantalla congelada, a ciegas en mitad del puerto. Tuve que parar, hacer un reset completo del sistema en el arcén y, afortunadamente, volvió a arrancar. Maldita electrónica; donde esté la aguja de un cable analógico, que se quite toda esta tecnología de cristal que te deja tirado en cualquier cuneta.

El paisaje arriba es sobrecogedor: una inmensidad de crestas peladas y valles profundos donde las nubes se enganchan a las rocas. En la cumbre, el viento soplaba helado, un contraste brutal con el desierto. Dejé que el radiador respirara aire limpio antes de iniciar el vertiginoso descenso hacia la llanura de Haouz. Evitando la autopista por carreteras secundarias, la entrada en Marrakech a media tarde fue un impacto térmico y psicológico. He estado en multitud de ocasiones en esta ciudad y conozco de sobra el percal, pero el tráfico caótico de furgonetas Mercedes escupiendo humo negro y miles de ciclomotores cruzándose sin mirar siempre exige los cinco sentidos. Como llegué pronto al destino, decidí parar a meterle combustible rápido al cuerpo en un Burger King situado justo frente a la discoteca Pachá, antes de adentrarme en el avispero viejo.

Marrakech ha caído en una absoluta decadencia turística de postureo. Se ha convertido en un hormiguero insufrible de buscavidas y embaucadores que destruyen cualquier atisbo de la magia de antaño. Es un agobio asfixiante; si te paras un microsegundo frente a una tienda, los comerciantes se lanzan sobre ti. Se han convertido en auténticas hienas hambrientas en busca de tu pecunio. Ya no es, ni de lejos, lo que era. Escapando de esa jauría, me refugié en mi tienda de antigüedades favorita para saludar a su propietario, un viejo amigo y gran amante del flamenco. Tras una buena charla entre reliquias y regateos honestos, le compré una daga bereber auténtica con la empuñadura tallada en hueso de camello —un pedazo de metal con alma para el petate— y una matrícula vieja de ciclomotor marroquí que me hizo gracia para la colección.

El destino de la jornada fue el Riad Mimoune. El alojamiento está muy bien, como siempre: ofrece todos los servicios, tiene una piscina fresca fantástica para darse un buen chapuzón y quitarse la costra gris del Atlas, y está estratégicamente apartado del bullicio asfixiante de la Medina, a apenas un kilómetro que se convierte en un agradable paseo a pie. Eso sí, la nota discordante la puso el recepcionista “espabilado” de turno, que intentó jugar la carta de la extorsión barata con el burdo rollo de un supuesto impuesto turístico inventado sobre la marcha. Como decía Hunter S. Thompson, nunca hay que ceder ante un estafador con uniforme de recepcionista. Lo miré a los ojos y le mandé a paseo de forma directa. Al ver que no reculaba y que conocía cómo funciona el patio, el tipo prefirió pasar del tema y guardarse el truco.

Para cenar fui a lo seguro: visité a mi amigo Chez Brahim.

El local está un poco apartado de la Medina y nunca falla. Allí no hay circo para extranjeros; la comida se sirve con la honestidad de la cocina de trinchera. Me pegué un banquete soberbio consistente en un tajine de cordero con ciruelas exquisito y una limonada bien fría. Todo el festín salió por unos ridículos 9 euros al cambio. Regresé al riad caminando bajo una noche un tanto calurosa, donde el ventilador de techo de la habitación tuvo que trabajar a destajo para mover el aire. El Tizi n’Test y Marrakech ya eran páginas pasadas. Mañana tocaba Rabat.

 

🛠️ Informe de Carretera

  • Tramo: Agadir – Taroudant – Puerto del Tizi n’Test (R203) – Asni – Oukaïmeden – Marrakech.
  • Estado de la Pista: Tramo del puerto muy degradado, estrecho, con asfalto roto y parches de tierra. Calor de 35 grados en las zonas interiores del Atlas. Accesos urbanos a Marrakech saturados, caóticos y con asfalto pulido muy deslizante.
  • Estado de la Máquina: Susto eléctrico en plena ruta: la pantalla de la moto se quedó completamente en negro en mitad del puerto; solucionado tras un reset manual del sistema. Las suspensiones WP trabajando al límite en los socavones del Test y frenos exigidos en el descenso.
  • Incidencias: Almuerzo rápido en el Burger King frente a Pacha. Intento de timo del recepcionista del Riad Mimoune neutralizado por la vía rápida. Adquisición de recuerdos legítimos en el anticuario de confianza (daga bereber con mango de hueso de camello y matrícula de ciclomotor). Cena excelente y económica (9 euros) de tajine de cordero con el amigo Chez Brahim. Noche calurosa bajo el ventilador de techo.

 

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