El rebaño ya no tiene templos. Ahora tiene supermercados con ínfulas de self-service. Ayer bajé al fango urbano, a esa catedral del consumo masivo que es el Mercadona de mi barrio, y lo que vi me revolvió las tripas más que su ensaladilla rusa de oferta. Han plantado mesas y sillas justo antes de la línea de cajas. Un puto picadero de plástico donde la masa se hacina para devorar macarrones recalentados en bandejas de plástico.
Gente a codazos. Familias disputándose una silla caliente entre el olor a comistrajos y el pitido infernal del escáner de códigos de barras. La distopía de éste nuestro siglo no llegó con robots ni naves espaciales. Llegó con una suerte de tenedor plástico que se astilla al primer bocado.
Hace años creía haber tocado el fondo del costumbrismo patrio. Ocurrió en un wok de polígono industrial, donde me paré a comer de urgencia con mi hija. Allí pude observar como una estirpe de valientes celebraba una boda, con el wok abierto al público. La novia iba vestida de blanco impoluto, sorteando charcos de salsa agridulce y el chiquillerío asilvestrado llenándose los bolsillos de rollitos de primavera y tarta. Pensé que aquello era la cima de la indigencia mental. Qué jodidamente ingenuo fui.
Nos falta perspectiva. No entendemos la velocidad a la que degenera este corral patrio. Emil Cioran decía que el derecho a elegir nuestro propio veneno es la base de la libertad. El problema es que el veneno actual viene en pack de oferta y se consume precariamente a base de codazos y mirando de reojo por si el de al lado te roba la bolsa de la compra.
Ikea abrió la puerta, con sus putos perritos nórdicos. Ahora lo de las mesas en el supermercado es solo el ensayo general. Es el preámbulo de la rendición absoluta. En menos de dos años veremos banquetes oficiales en los pasillos de la sección de “listos para comer”. Madres orgullosas celebrando la comunión de Izán, Yeray o Enzo con croquetas congeladas a tres euros la bandeja. Bodas de supermercado donde el brindis se hace con gazpacho en brik y el viaje de novios consiste en un vale de descuento para la próxima compra, cortesía del Sr. Roig.
Es la evolución natural de una sociedad mansa, anestesiada, una masa que confunde la comodidad con la miseria consentida. Ya no se busca la excelencia, ni la dignidad, ni un plato cocinado con fuego real. Solo queda el ansia del estómago lleno al menor coste posible, rodeados de extraños que mastican con la boca abierta, eructan y se tiran pedos. La decadencia española no se anuncia con tambores de guerra. Se sirve en un envase apto para microondas.
