Resulta que ahora el universo se confabula para darle una excusa a la masa aborregada y las autoridades deciden que la mejor forma de gestionar un trozo de roca tapando el sol es secuestrar el asfalto. Me levanto y me encuentro con que van a cerrar media Mallorca por el puto eclipse total de sol. Es acojonante. Una veintena de carreteras cortadas a cal y canto, la Serra de Tramontana sitiada por el dispositivo ECLIPBAL desde las tres de la tarde y los accesos blindados a cualquiera que tenga sangre en las venas y ganas de quemar gasolina. El gobierno insular ha decidido prohibir la libre circulación incluso para motos y ciclomotores, obligando a los parias del asfalto a pedir pases con códigos QR o justificar con papeles que tienes derecho a pisar tu propio domicilio. Todo para qué. Para complacer a una chusma mística y a un turismo de masas que lleva un año con los hoteles de lujo reservados solo para mirar al cielo durante un mísero minuto y medio con unas gafas de cartón.
Albert Camus escribió en El mito de Sísifo que «el esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre». El problema es que hoy la cima de la Tramontana no se llena de hombres; se llena de figurantes, de NPCs con bermudas y chanclas, de domingueros del cosmos y de cazadores de la postal de Instagram que necesitan aglomerarse en manada para que el universo les valide su mísera existencia.
Da asco físico ver cómo se organiza la histeria colectiva. Han habilitado veintiséis zonas de observación oficial, unos campos de concentración para el postureo astronómico donde pretenden embutir a trescientas mil almas en los miradores y playas de la isla. Te pintan el colapso como un evento histórico de la ciencia y la naturaleza, mientras tú te quedas varado en un control de la Guardia Civil porque la masa necesita su ración de misticismo de autoservicio. Dan ganas de vomitar al ver los paneles de la DGT advirtiendo que no te detengas en el arcén, mientras las hordas avanzan en procesión a paso de entierro, pegados al rebufo del de delante, desprendiendo ese tufo rancio a crema solar caducada y a obediencia civil. Toda una isla de rodillas ante la Agenda del Amperio y la propaganda ecocívica, blindando el paraíso para que cuatro turoperadores se inflen a vender plazas en barcos de Magaluf para ver el ocaso negro desde el mar.
Son los nuevos yonquis del fenómeno empaquetado, borregos con acreditación digital que necesitan que un comité de expertos les diga hacia dónde mirar y a qué hora aplaudirle a una sombra. El placer hedonista de salir a la carretera a las cinco de la tarde, de tumbar la máquina en las curvas sintiendo el calor del asfalto libre y el rugido honesto de un motor clásico de combustión, nos lo roban para que los electropacos del chándal táctico y la chusma de la foto de perfil no se estresen con el tráfico. Seguid comprando vuestras gafas de cartón homologadas y haciendo cola en los parkings disuasorios. Yo me quedo en el taller, limpiando los carburadores y esperando a que vuestra noche de postureo termine para volver a adueñarme de la carretera.
Ojalá esté nublado.

ciegos, ciegos deberían quedarse de tanto mirar arriba desde su posición oficial marcada con su propio QR personal e intransferible