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El burócrata: el guardián del sello sagrado.

Hay una criatura que no fabrica nada, no arriesga nada, no crea nada, y sin embargo decide si el resto de nosotros puede o no ganarse la vida. Vive desconectada de la realidad como quien vive desconectado de la red eléctrica: por elección, y con orgullo. Es el burócrata. Y su templo es el papel.
No hay dios en su cielo, hay un sello. Su fe no se profesa con rezos, se profesa con “vuelva usted mañana”, con “falta el anexo tres”, con “esto tiene que pasar primero por otro departamento que, por cierto, está de vacaciones hasta septiembre”. No entiende el tiempo como lo entendemos los mortales, en meses de alquiler que se pagan aunque el local siga cerrado, en nóminas que hay que afrontar mientras el negocio, ya montado, ya pintado, ya con el género en el almacén, espera un visto bueno sobre la ubicación exacta de un extintor. Diez centímetros de más, diez centímetros de menos: ahí se decide si usted come este mes.

Pide papeles no porque los necesite, sino por si acaso. Por miedo, disfrazado de rigor, a que alguien le señale algún día el único trámite que olvidó exigir. Así que exige todos. Exige el que sirve y el que no sirve, el que tiene sentido y el que es pura arqueología administrativa heredada de una ley derogada hace tres reformas, porque nadie en su cadena de mando tiene el valor —ni el interés— de tachar una sola línea de un formulario. La inercia es su combustible. El miedo a decidir es su religión.

No repara en que del otro lado hay una persona sangrando tiempo y dinero real. Para él, usted no es un empresario, un médico, un padre de familia intentando abrir una tienda: es un expediente. Y los expedientes no pagan alquiler, no tienen ansiedad, no se arruinan. Solo esperan, apilados, en la bandeja de entrada de alguien que sale a las tres.

Es la única especie que crece en volumen exactamente en proporción a su propia ineficacia. Cuantos más papeles genera, más necesario se vuelve para gestionar los papeles que él mismo ha generado, y así se autoalimenta en un bucle perfecto, autolamiéndose el lomo con la satisfacción del gato que ha cazado su propia cola. No produce, se reproduce. Es mitosis administrativa.

Es, además, la criatura metafórica perfecta de la Europa actual: un continente que ya no construye catedrales, construye formularios; que ya no exporta ingenieros, exporta directivas; que ha cambiado el imperio por el impreso, y la grandeza por el sello de registro de entrada. Donde antes había ambición, ahora hay una casilla que rellenar por triplicado. El burócrata no es un funcionario más: es el síntoma con nómina fija de un continente que confunde el control con la seguridad y la parálisis con la prudencia.

Si el negocio quiebra esperando su firma, él sigue cobrando, intacto, escondido detrás del propio expediente que lo protege como una armadura. Su mejor jornada laboral es siempre la misma: aquella en la que no ha tenido que decidir nada.

Delenda est.

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