MONOS SIMPÁTICOS, UN MINIBÚS ASESINO Y EL ERMITAÑO MALLORQUÍN DE LAS DUNAS.

Viernes, 5 de mayo de 2023

Salir de Fez significa empezar a subir de verdad. El objetivo del día era ambicioso: cruzar el Medio Atlas y llegar a las dunas del Erg Chebbi, en Merzouga, a un tiro de piedra de la tensa y militarizada frontera argelina. La KTM devoraba los kilómetros de ascensión limpiamente, dejando atrás el bullicio de la medina para adentrarse en los bosques de cedros. La primera parada obligatoria fue Ifrane. El lugar es una anomalía lisérgica en mitad del norte de África: tejados a dos aguas, chalets de estilo alpino, césped impecable y una limpieza artificial. La historia de esta “Suiza marroquí” se remonta a los años treinta, cuando el protectorado francés la diseñó como una “estación de montaña” para que las familias coloniales escaparan del calor asfixiante de las llanuras. Un decorado europeo incrustado en el Atlas. En los alrededores me detuve a estirar las piernas y a echar unas fotos con mis parientes: los macacos de Berbería que patrullan los arcenes exigiendo su peaje en forma de comida. Son los únicos habitantes honestos de la zona. Comí algo rápido en un puesto de carretera de cuyo nombre ni me acuerdo ni me importa, mero combustible para seguir la marcha, y apunté al sur.

El desierto te recibe mucho antes de que aparezca la arena; te recibe con el viento y la degradación del firme. Pasado el puerto de Tizi n’Talrhemt, el asfalto empezó a estrecharse, flanqueado por arcenes de tierra batida y piedras sueltas. Fue bajando el Valle del Ziz, rodando a unos 90 km/h, donde la muerte vino a saludarme de cerca. Inicié la maniobra para adelantar a un utilitario. Con el carril izquierdo ganado, el conductor de un minibús de turistas cargado hasta los topes decidió que sus espejos retrovisores eran meros adornos. Salió a adelantar también, cerrándome el paso sin percatarse de que yo ya estaba a su altura. No había espacio. No había tiempo. Solo quedaba la opción de la trinchera: clavar frenos y tirar la KTM al arcén izquierdo de arena y piedra suelta a noventa por hora. El hierro bailó bajo mis botas, la dirección latigó buscando el suelo y el desierto se llenó de polvo. No caí por puro instinto de conservación, pero el acojone me vació las tripas. El hijo de puta del chófer ni se molestó en levantar el pie del acelerador, a pesar de los gritos de pánico de sus propios pasajeros al ver la maniobra criminal por las ventanillas. El cinismo de la carretera en estado puro: eres invisible hasta que te conviertes en una mancha de sangre sobre el mapa.

Llegué a Merzouga con la adrenalina saliendo por las costuras de la cordura. Encontrar la Kasbah, encajada en pleno desierto, fue un ejercicio de navegación entre pistas de arena suelta. El hotel prometía lujo en los folletos, pero la realidad era la decadencia típica de los negocios que mueren de éxito: las instalaciones estaban bien, pero los servicios denotaban abandono, incluyendo una piscina completamente inutilizable que parecía un estanque de ranas. En el patio coincidí con dos moteros alemanes, pertrechados con sus tecnológicas y relucientes BMW, analizando sus rutas en pantallas de plasma portátiles. Demasiado almíbar tecnológico para mi gusto.

Afrontar la noche allí fue meterse de lleno en el genuino horno sahariano. Dentro del dormitorio el termómetro clavaba los 32 grados, sin posibilidad alguna de abrir las ventanas; el viento del desierto había amainado, pero el bochorno que entraba de la calle era un soplete muy superior al del interior cerrado. Desocupado lector, si planea dejarse caer por estos lares, tome buena nota y meta el dato en su agenda: la mejor época del año para visitar la zona de Merzouga y Rissani es octubre y noviembre. Yo iba confundido; en abril y mayo abundan las tormentas de arena de forma impredecible y a partir de junio la ruta es totalmente desaconsejable si no quieres acabar directamente a la parrilla. En esta ubicación exacta se han registrado máximas de 55 grados en verano. Una burrada climática donde, cuando llueve por casualidad algún día de julio o agosto, el agua ni siquiera llega al suelo: se evapora por el choque térmico antes de tocar la arena.

El verdadero giro de guion de este viaje absurdo ocurrió al salir a dar una vuelta por los alrededores del edificio. Adosada a la Kasbah se levantaba una torre fortificada. De repente, rompiendo el silencio del desierto, una voz rasgó el aire desde una ventana alta. Eran insultos. Puros, duros y perfectamente vocalizados en mallorquín. No daba crédito. A miles de kilómetros de mi tierra, pegado a los puestos militares de Argelia, un tipo enjuto y barbudo le estaba metiendo una bronca monumental a un empleado local en la lengua de mi infancia. Pregunté en recepción. El personaje en cuestión era Toni Baraka, un mallorquín de Inca que llevaba media vida instalado en esa torre, la cual tenía alquilada al hotel con un contrato que incluía luz, agua, limpieza y rancho diario.

Cené con él esa misma noche en el riad en un entorno fantástico. Un tipo excelente, carne de literatura de carretera. Resultó haber sido periodista y presentador en medios locales de Mallorca antes de mandarlo todo al garete. Tras montar varias empresas fallidas en Marruecos, se había convertido en una leyenda local. Tenía un todoterreno enorme con el que se dedicaba a rescatar de las dunas a los pardillos que venían jugando a ser pilotos del Dakar y terminaban enterrados hasta los ejes.

La velada se alargó entre un desfile de fauna variada que merodeaba por el hotel, historias de Toni sobre arañas y escorpiones, y las vivencias de la supervivencia extrema. Tras la cena, salimos a la terraza del hotel en las propias dunas del desierto de Erg Chebbi. Una velada muy agradable, amenizados relativamente por el propio personal del hotel que nos dio una muestra de folklore bereber a base de tambores y berridos varios. El desierto es un imán para los náufragos de la vida. Dormí con el rumor de los parches de cuero resonando en el cráneo y la certeza de que, al menos hoy, la duna no me había tragado.

🛠️ Informe de Carretera

  • Tramo: Fez – Ifrane – Midelt – Valle del Ziz – Merzouga (Erg Chebbi).
  • Estado de la Pista: Puertos de montaña limpios pero con viento racheado. Tramo sur de la N13 muy degradado, estrecho, con arcenes rotos de tierra batida llenos de arena suelta y trampas de polvo.
  • Estado de la Máquina: Ciclística al límite en la salvada del arcén; las suspensiones WP absorbieron el impacto de la piedra a alta velocidad sin hacer tope al esquivar el minibús. Neumáticos acusando la temperatura del desierto.
  • Incidencias: Susto de muerte por adelantamiento criminal de un minibús. Encuentro surrealista, historias de alacranes y cena con el periodista inquense Toni Baraka en su torre de Merzouga. Noche de tambores bereberes y calor asfixiante de 32º dentro del dormitorio cerrado.

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