TIERRA QUEMADA Y LAS DOS CARAS DE MARRUECOS

Jueves, 4 de mayo de 2023

Noche terrible en la jungla. Desocupado lector, si alguna vez decide detener sus pasos en Tánger, guarde bien este nombre para pasarlo de largo: el hostal El Muniria. Aquello no es un alojamiento; es un auténtico vivero de moscas, ejércitos de hormigas y alguna que otra especie no identificada patrullando las sábanas de un camastro infecto. Rendido, arrastrando el bochorno del callejón oscuro y de un humor de perros, solo conseguí conciliar el sueño a las cinco de la mañana. Tres míseras horas de descanso. Menos mal que la etapa de hoy hasta Fez es de las llevaderas en el mapa, unos 300 kilómetros que el cuerpo asimila por pura adrenalina.

Salgo de la urbe a las nueve de la mañana, en cuanto abren el párking particular donde el joven malencarado de recepción me dejó meter el hierro bajo llave la noche anterior. Dejar atrás el ruido, el bullicio nocturno y el contrabando de Tánger es empezar a respirar. La carretera se abre a espacios amplios y la moto responde bien, fina, sin dar síntomas de que la fuga sellada con moco en la rueda trasera o el retrovisor izquierdo —fiel a su cita con la brida de los cojones que sujeta el retrovisor izquierdo— vayan a flaquear en el bacheo. Sin embargo, Marruecos no regala sus kilómetros. El paisaje va cambiando de la humedad de la costa a las colinas secas del Rif. Los últimos 150 kilómetros de la ruta se tornan en un trazado estrecho, descarnado y con tramos importantes completamente devorados por las obras, donde la conducción exige atención constante para sortear la gravilla, los socavones y el polvo que empieza a dejar su primera costra gris sobre la cordura y las maletas.

Toca hacer un alto en un barucho de carretera para desayunar un café negro. Al alejarnos de la costa, el paisanaje cambia y la gente se vuelve notablemente más hospitalaria, pero el camarero que me sirve decide sazonar la mañana advirtiéndome de los peligros de la ruta. El colega me relata con gravedad el secuestro de tres moteros youtubers marroquíes en Mauritania, de los que hace dos meses que no se tienen noticias en sus canales, y añade crónicas de cuchilladas en falsos controles de carretera. Un pelín exagerado el tipo para impresionar al extranjero, pero en este oficio conviene escuchar el runrún del asfalto sin relajarse. Con la advertencia en el cuerpo y el motor pidiendo pista, decido no parar a comer. Hoy se pasa de largo del almuerzo; el hambre se entrena, no hay menús turísticos y el ritmo manda.

Llego a Fez sobre las 15:30. El tráfico denso de camiones viejos, furgonetas Mercedes de los años ochenta adelantando en curvas ciegas, burros cargados de paja disputándose el arcén y los humos negros de los escapes anuncian la entrada a la Medina. Aquí el país te enseña su otra cara. Tras el laberinto de callejuelas peatonales, soy recibido en el hotel Riad Haj Palace & Spa por Omar, un tipo de diez que dignifica su oficio. Me soluciona la intendencia de la máquina al momento: se queda fuera en la calle por dos euros, pero con vigilancia estricta garantizada para toda la noche bajo llave. Un chaval del lugar carga todos mis bártulos en un carro tradicional y me escolta a través del enjambre peatonal de la Medina hasta la recepción del hotel.

 

 

Tras una ducha a conciencia para quitarme el sudor del viaje y el polvo gris de las obras del Rif, salgo a patrullar a pie por el zoco cruzando la imponente puerta azul. Fez conserva una autenticidad cruda y majestuosa que no tiene nada que ver con el circo comercial, agresivo y plastificado de Marrakech. La gente aquí se muestra menos propensa al regateo; el ambiente es mucho más distendido, agradable y no sufres el acoso oportunista que busca sacarte el pecunio a cada paso. La vida simplemente sucede ante tus ojos entre los talleres de curtidores y los puestos de especias.

Patrullando entre sus callejuelas, y después de mis sesión de barbería reglamentaria, compro una pipa de kif muy antigua de piedra, un recambio de babuchas para la intendencia del viaje y un canario de agua de barro que silba al llenarlo.

Terminé cenando en Chez Saíd, uno de esos restaurantes ocultos destinados exclusivamente a los lugareños, donde la comida se sirve sin florituras, pero con la honestidad de la cocina de trinchera. Regresé al riad con el estómago lleno y la mente tranquila. Toca descansar y caer rendido en la cama para afrontar la etapa maratón de mañana. El desierto sigue esperando más al sur. Nos esperan unos 500 kilómetros de ruta hacia el desierto de Erg Chebbi y Merzouga, donde las previsiones de la meteorología ya marcan unos exigentes 40 grados a la sombra. Hemos venido a jugar.

Estimado Vincenzo, compañero de ruta hasta Samarcanda, si me lees desde el asfalto, lo tuyo sí que fue heroico: estar metido en la parrilla de Rissani en pleno agosto a 53 grados y seguir vivo para contarlo. Lo mío de mañana va a ser solo un chiste.

🛠️ Informe de Carretera

    • Tramo: Tánger – Carreteras interiores / N13 – Medina de Fez.
    • Estado de la Pista: Tramos abiertos y fluidos al inicio. Los segundos 150 kilómetros se vuelven estrechos, degradados por el firme viejo y muy afectados por obras en la calzada. Tráfico caótico en los accesos urbanos a Fez con transporte antiguo y animales en el arcén.
    • Estado de la Máquina: Sin novedades mecánicas negativas. El líquido antipinchazos de la rueda trasera aguanta el traqueteo de las obras y el retrovisor izquierdo se mantiene fijo con la brida.
    • Incidencias: Noche de insomnio por plaga de insectos en Tánger. Advertencias de carretera sobre secuestros de moteros en el sur. Recepción impecable de Omar en Fez; equipaje trasladado en carro tradicional y moto vigilada toda la noche por 2 euros. Cena en local de lugareños (Chez Saíd). Compras de intendencia y recuerdos en el zoco (pipa kif, babuchas, canario de agua).

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