CICATRICES EN LA ARENA Y EL FANTASMA DE LA PROVINCIA 53

Miércoles, 10 de mayo de 2023

El Sáhara no te recibe con los brazos abiertos; te golpea en la cara desde el primer kilómetro. Dejas atrás los últimos acantilados de Legzira y el mapa se convierte en una línea recta interminable de asfalto devorado por la arena viva. Apunté el manillar de la Andorrana hacia el sur profundo por la mítica N1, cruzando esa frontera invisible pero fuertemente militarizada que te introduce en el Sáhara Occidental. Aquí es donde el viaje deja de ser una excursión y pasa a ser un examen de resistencia física pura. El viento de costado te agarra del casco con saña racheada, obligándote a rodar con la moto tumbada en plena recta, mientras la arenilla en suspensión actúa como una lija fina contra la visera y los plásticos del chasis.

A mitad de la jornada, el desierto me escupió en Tarfaya, la antigua Villa Bens de la época colonial española. Un no-lugar azotado por el Atlántico donde paré a pie de playa para contemplar un cadáver de hierro legendario: el Assalama. Las cuadernas oxidadas de este antiguo ferry de Naviera Armas emergen del agua a unos metros de la orilla como un gigantesco monumento al fracaso. Encalló en 2008 truncando la línea comercial con Fuerteventura y ahí sigue, desguazándose lentamente bajo el salitre y el abandono. Tras el golpe visual de la mole naufragada, el viaje continuó devorando asfalto monótono entre puestos de control policial donde el juego de entregar la fiche (el pasaporte fotocopiado con tus datos) se convierte en la única interacción humana factible.

La entrada en El Aaiún por la tarde es un baño de cruda realidad geopolítica. La antigua capital del Sáhara Español es hoy una plaza fuerte marroquí en tensión silenciosa, rodeada de cuarteles, patrullas de la ONU y un desorden urbanístico asfixiante. Para no perder la costumbre de la improvisación en ruta, busqué un alojamiento genérico del que ni el nombre merece ser guardado en la memoria; una cama limpia de contrabando, cuatro paredes con olor a humedad y espacio para soltar el equipo cubierto de polvo.

Con la moto a buen recaudo, me fui directo al centro neurálgico de la vieja presencia española: la Catedral de San Francisco de Asis. Levantada en 1954 por los ingenieros militares españoles, su silueta de hormigón con líneas curvas y aires que recuerdan a un búnker futurista rompe de golpe el enjambre de mezquitas de la ciudad. Está regentada por los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. El párroco me abrió las puertas de este oasis de silencio. Cruzar el umbral es viajar en el tiempo a la España de los cincuenta; un templo cargado de simbolismo donde la campana sigue sonando en mitad del desierto.

Cené un rancho rápido de brochetas de cordero al carbón en un chiringuito local, masticando el polvo del día y limpiándome la garganta con un té amargo. Al regresar al camastro, con el rumor de los generadores y el viento golpeando las persianas rotas, miré los mapas. El moco de la rueda delantera aguantaba la presión y el hierro estaba listo para seguir mi rumbo hacia el sur.

🛠️ Informe de Carretera

    • Tramo: Legzira – Tan-Tan – Tarfaya (Villa Bens) – El Aaiún.
    • Estado de la Pista: Rectas infinitas en la N1. Pavimento bacheado en los arcenes, lenguas de arena invadiendo la calzada y rachas severas de viento lateral sahariano.
    • Estado de la Máquina: Neumático delantero estabilizado. El radiador acumula una costra de polvo seco y salitre. Consumo de gasolina elevado por la resistencia del viento de cara.
    • Incidencias: Parada frente al buque encallado Assalama en Tarfaya. Visita histórica a la Catedral de San Francisco de Asís en El Aaiún. Alojamiento improvisado y discreto en la capital.

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