EL VACÍO ABSOLUTO Y EL SUEÑO DE VILLA CISNEROS.

Jueves, 11 de mayo de 2023

Hay jornadas en las que el viaje se reduce a un ejercicio de hipnosis de carretera. El tramo que separa El Aaiún de Dajla son más de quinientos kilómetros de una nada abrumadora y monolítica. Engrané sexta velocidad en la KTM a primera hora de la mañana y me limité a aguantar el tipo. A la izquierda, una llanura infinita de sucia arena gris y piedra calcinada que se extiende hasta donde alcanza la vista; a la derecha, los acantilados donde el Atlántico brama con una violencia sorda. No hay matices. No hay curvas. Solo una línea negra de asfalto que corta en dos el vacío sahariano, flanqueada por postes de luz torcidos y el rastro de neumáticos reventados de los camiones de pescado que suben hacia el norte.

José Saramago escribió que el viaje no termina nunca, que solo los viajeros terminan. En esta inmensidad, el tiempo deja de medirse en minutos y pasa a medirse en litros de gasolina consumidos. El paisaje es de una hostilidad hipnótica, un no-lugar donde la vista se cansa de no encontrar ningún relieve que rompa la monotonía. Paré el hierro un par de veces al borde del acantilado, en mitad de ninguna parte, solo para estirar las piernas y sacar algunas fotos con el teléfono. Enmarcar la silueta de la moto en mitad de esa nada absoluta, suspendida entre el polvo del desierto y la espuma sucia del océano, es la única forma de certificar que sigues existiendo. El viento del Atlántico soplaba con fuerza, trayendo un olor a marisco podrido y salitre que se mezclaba con el calor que emanaba del bloque de aluminio de la 790. El moco antipinchazos seguía resistiendo la tortura de la velocidad constante sobre el asfalto abrasador.

Pasado el cabo Bojador —el mítico límite geográfico que durante siglos aterrorizó a los navegantes portugueses por sus corrientes asesinas— la ruta se vuelve todavía más despoblada. La única distracción son los campamentos de pescadores artesanales colgados de las rocas; chabolas miserables de plástico y madera donde los tipos sobreviven vendiendo lo que sacan del agua a los camiones de contrabando. No hay romanticismo aquí; es la vida en los huesos, la supervivencia más cruda en el fin del mundo. El único lenguaje universal en estos kilómetros es el intercambio silencioso de fichas policiales en los controles militares que custodian los accesos a los recursos pesqueros de la zona.

Al final de la tarde, la carretera gira noventa grados a la derecha y te introduce en la espectacular lengua de tierra de casi cuarenta kilómetros que da acceso a Dajla, la antigua Villa Cisneros española. La estampa compensa la paliza del día: el desierto se mete literal en el mar, formando una laguna de aguas turquesas donde el viento sopla con una constancia perfecta. Dajla es hoy un polo de atracción para el kitesurf y un enjambre de factorías de pescado, un lugar de contrastes brutales entre modernos hoteles de diseño para occidentales y el desorden de los barrios de pescadores mauritanos y marroquíes. Busqué un techo para pasar la noche, descargué las alforjas cubiertas de una costra de sal y polvo, y salí a buscar rancho. Cené una ración soberbia de pulpo a la brasa en un local pegado al muelle, regado con agua mineral y el clásico té de rigor para asentar el estómago. Al meterme en la cama, el traqueteo del viento contra la persiana me recordó que mañana tocaba el punto de inflexión definitivo: el asalto al límite sur, la frontera muerta de La Agüera.

🛠️ Informe de Carretera

  • Tramo: El Aaiún – Cabo Bojador – Dajla (Villa Cisneros).
  • Estado de la Pista: N1 en estado aceptable pero monótona al extremo. Mucha gravilla suelta en los márgenes y lenguas de arena sucia invadiendo el asfalto. Viento costero racheado muy fuerte.
  • Estado de la Máquina: Motor funcionando a régimen constante durante horas. El neumático delantero aguanta la presión nominal sin variaciones. Cadena resecada por la mezcla de polvo y salitre que exige engrase urgente.
  • Incidencias: Sesión de fotos en los acantilados desiertos. Paradas de repostaje logístico en estaciones de servicio desoladas. Trámites policiales rápidos en los accesos de la península de Dajla.

 

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