Sábado, 13 de mayo de 2023
El viaje del lobo solitario a veces imita el mito de Sísifo: empujar la piedra hasta la cumbre —o el manillar hasta la frontera— para luego tener que verla rodar de vuelta al punto de partida. Tras el portazo burocrático y el ambiente hostil de los aduaneros mauritanos del día anterior, no había motivos para demorarse en la península de Dajla. A primera hora de la mañana, metí el equipaje en el hierro, arranqué el bicilíndrico de la KTM 790 y apunté la brújula de manera definitiva hacia el norte. Tocaba deshacer los más de quinientos kilómetros de desierto monolítico para regresar a El Aaiún.
Albert Camus escribió que la constancia en el absurdo es una de las pocas posturas filosóficas válidas. Rodar por la N1 en sentido contrario es enfrentarse exactamente al mismo vacío, pero con el cansancio acumulado en el chasis. A la izquierda, la sucia arena sahariana continuaba su avance implacable hacia ninguna parte; a la derecha, el Atlántico seguía rompiendo con fuerza contra los acantilados de piedra calcinada. El viento, que a la bajada castigaba el flanco, ahora se convirtió en un muro frontal intermitente que obligaba a la inyección electrónica a trabajar a destajo para mantener los 100 km/h de crucero. La monotonía solo se rompía con el paso por los mismos campamentos de pescadores artesanales y las gasolineras desoladas que parecen sacadas de una película postapocalíptica de Hunter S. Thompson.
El moco antipinchazos de la rueda delantera seguía obrando el milagro, manteniendo la presión a pesar de los baches y el calor del firme. Los controles militares de la Gendarmerie Royale se sucedieron con la rutina predecible del viaje de vuelta: frenazo, primera marcha, entrega de la fiche con los datos del pasaporte, un intercambio de miradas gélidas con el tipo del uniforme y gas a fondo otra vez para ganarle terreno al reloj. No hay espacio para la épica cuando el objetivo es simplemente devorar kilómetros de nada para llegar antes de que caiga la noche.
Entré en El Aaiún al final de la tarde, con la cordura pidiendo un lavado a presión y los ojos irritados por el polvo fino en suspensión. Fui directo a pernoctar al mismo hotel de la bajada el Hôtel Jodesa. Las mismas cuatro paredes con olor a humedad, la misma cama espartana y el mismo parking discreto para poner el hierro a buen recaudo. Cené algo rápido en el mismo rincón local de unos días atrás: un plato de rancho de carretera y un té caliente para limpiar la garganta. Al acostarme, escuchando el zumbido del viento sahariano contra las ventanas, miré el mapa. El límite sur quedaba atrás. Mañana empezaría el verdadero ascenso hacia la costa norte, pero esa noche dormí digiriendo el tedioso día de retorno con la tranquilidad del deber cumplido en la trinchera.
🛠️ Informe de Carretera
- Tramo: Dajla – Cabo Bojador – El Aaiún.
- Estado de la Pista: N1 monótona, seca y con bancos de arena sucia invadiendo la calzada en las zonas más expuestas. Viento de cara moderado a fuerte que aumenta el cansancio físico.
- Estado de la Máquina: El neumático delantero se mantiene estable y sin pérdidas tras la paliza de kilómetros. Filtro de aire pidiendo una limpieza a gritos por la acumulación de sílice. Cadena resecada.
- Incidencias: Ruta de retorno sin contratiempos mecánicos. Rutina militar en los controles de carretera con entrega de papeleo. Pernocta en el mismo hotel de El Aaiún sin novedades en la intendencia.
