Crónica de una evasión.

El viaje comenzó el 22 de septiembre con el ritual rutinario de los cabos sueltos y la chapa de los barcos. El ferry de Balearia abandonó el puerto de Palma a las 08:00, cubriendo la travesía hacia Dénia con esa obligada y parsimoniosa escala de una hora en los muelles de Ibiza. El Mediterráneo era una balsa de aceite bajo una luz limpia.

Abajo, en la penumbra de la bodega, la Transalp aguantaba el balanceo cargada con unas alforjas de lona rudimentarias donde viajaba el equipaje doble, el mío y el de Marisa, que volaría directo a Sevilla días más tarde. A las 13:00 toqué tierra firme, engullí un rancho rápido en el mismo puerto y apunté el manillar hacia el interior.

Por delante se abría una tirada seca de unos 350 kilómetros hasta Baza. La veterana de carburación, con sus veinticinco años a las espaldas, rodaba redonda, con el compás firme de los motores que están bien paridos. Dejé atrás el agobio térmico de la costa para buscar la cicatriz de la A-92N, viendo cómo el paisaje se volvía duro, calcáreo y extrañamente caluroso a medida que ganaba las tierras granadinas al caer la tarde.

Busqué el Hostal Venta del Sol a pie de carretera. Un sitio cómodo, correcto y con esa hospitalidad directa del personal que no pierde el tiempo en adornos. Dejé el casco en el suelo y salí a estirar las piernas, a buscar provisiones y un vino con el que quitarme el polvo del camino. Fue entonces cuando topé con el paisanaje auténtico, ese que justifica por sí solo echarse a la carretera.

En la terraza junto al hostal, un paisano permanecía sentado, impasible, apurando una cerveza con un halcón enorme plantado en el hombro. El animal no se inmutaba, como si formar parte del mobiliario del bar fuera su estado natural; no llevaba ataduras ni capuchón, solo la mirada fija y salvaje. Frente a él, plantado de pie con una copa de coñac en la mano, un tipo flaco y larguísimo que parecía el doble exacto de Cansado desafiaba la gravedad y el entorno soltando un cante flamenco al aire con una honestidad cortante. El contraste era un chiste colosal, una pintura viva de esa España profunda y maravillosa que se resiste a ser domesticada. Me quedé mirándolos mientras el vino hacía su efecto, agradeciendo el espectáculo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La jornada terminó con otra genialidad de la intendencia local: cenando arroz en un restaurante chino situado justo frente al hostal, recomendado por el propio recepcionista andaluz con un par de cojones. Un remate bizarro para un día de transición pura. A la mañana siguiente, el viejo hierro nipón de Soichiro Honda volvió a arrancar al primer toque, listo para completar el hachazo en solitario hacia el oeste.

El 23 de septiembre amaneció con una atmósfera extraña, pesada, que presagiaba lo que estaba por venir. Al dejar atrás el hostal de Baza y encarar las carreteras secundarias granadinas, el termómetro ya dictaba que las normas del calendario estaban rotas. Un calor brutal, asfixiante y anómalo para el final de septiembre empezó a golpear con fuerza, obligando a soportar el castigo térmico embutido en la chaqueta de cordura y las botas de carretera. 
Buscando el respiro de los pueblos, la ruta me llevó a Caparacena antes del mediodía. Allí, en un rincón que parecía ajeno al mapa, apareció el Bar de José. Lo que ocurrió en esa barra rozó la irrealidad gastronómica: por apenas 2,5 euros, me sirvieron con la cerveza de rigor una tapa que en cualquier otra geografía habría pasado por un plato de comida comunal, descomunal, de los que reponen a un batallón. Una cocina honesta, enorme y pegada a la tierra, despachada a un precio que parecía sacado de otra década. Limpié el plato con el asombro del que sabe que ha encontrado un santuario de carretera.
La tarde se convirtió en un trámite de resistencia térmica a través de la vega del Guadalquivir, donde el termómetro castigaba el asfalto rozando los 39 grados en pleno San Miguel. Sosteniendo el ritmo por las secundarias, alcancé el aeropuerto de Sevilla justo a tiempo. A las 18:15, puntual, Marisa cruzaba la terminal de llegadas. 
Con ella en el asiento trasero, la Transalp recuperó su verdadera cadencia de viaje a dúo. Las alforjas de lona, ahora equilibradas por el peso compartido, enfilaron hacia el norte buscando el alivio verde de la Sierra de Aracena. Al caer la tarde entramos en Cortegana, directos al Hotel Sierra Luz, un viejo conocido de otras pernoctas que mantiene intacto su trato impecable y su atmósfera acogedora. Dejar la cordura empapada en la habitación, calzarse el bañador y deslizarse en la fantástica piscina cubierta del hotel fue el verdadero hachazo de descompresión del viaje, el bálsamo perfecto para una espalda castigada por el sol del sur. La jornada murió con una cena magnífica en el propio comedor del hotel, celebrando que la evasión, ahora sí, había comenzado para los dos.
El 24 de septiembre amaneció sin las urgencias del cronista. Desayuno tardío en Cortegana. Jabugo quedaba a un tiro de piedra por la N-435. Cumplimos con el ritual obligatorio en la carnicería de Corteibero: encargar el jamón reglamentario. La dueña del negocio, que ya conoce nuestras pernoctas, nos gestionó el envío directo a Mallorca. En las alforjas de lona de la Transalp no hay espacio para transportar un “violín” de ese calibre sin arruinar la intendencia del viaje. Calidad incontestable y trato de los que justifican recomendar un sitio en la web. Buena gente.
Con el fardo resuelto, apuntamos el manillar hacia Portugal cruzando la frontera por las secundarias del Bajo Alentejo. Esta es una geografía talismán para el que viaja en moto. El asfalto fluye entre dehesas interminables de encinas y alcornoques, un paisaje desnudo, tostado por el final del verano, donde la carretera se ondula sin apenas tráfico. Rodar a dúo aquí exige otra cadencia; el veterano bicilíndrico de carburación mantenía un ronroneo constante, ajeno a las prisas, compartiendo el horizonte con Marisa en el asiento trasero. Hubo un almuerzo en ruta del que la memoria no guardó el nombre del bar, síntoma inequívoco de que el disfrute pertenecía al asfalto y no a la libreta.
El 25 de septiembre arrancó en una pastelería de Mértola. Los lusos compiten de tú a tú con los italianos en la preparación del café y su repostería nunca falla: tres expresos soberbios y unas natas reglamentarias para engrasar la mañana antes de subir a la moto. Por delante quedaba la ruta hacia Vejer de la Frontera, un trazado que exige lidiar con un condicionante geográfico insoslayable: el laberinto natural de Doñana y las marismas del Guadalquivir. No hay carretera directa que cruce ese territorio protegido; el diseño del mapa obliga a un rodeo masivo remontando el terreno hacia el norte.
Hicimos una parada intermedia a mediodía para comer en un chiringuito a pie de playa en Islantilla. Una zona entregada al turismo estival de masas, sin mayor interés para la libreta del cronista, pero funcional para un rancho rápido frente al Atlántico. Desde allí iniciamos el ascenso buscando el nudo de autopistas que rodea Sevilla. Con acompañante en el asiento trasero, las kilometradas absurdas no tienen sentido si lo que se busca es el disfrute del viaje, por lo que decidimos partir la ruta antes de que el cansancio hiciera mella en los riñones.
Dejamos la autopista a unos treinta kilómetros de la capital hispalense para buscar refugio en Huévar del Aljarafe, un municipio que limita con las tierras del Corredor Verde del Guadiamar, tristemente célebre por el desastre ecológico de la balsa minera de Aznalcóllar en 1998, hoy reconvertido en un pasillo natural recuperado. Nos hospedamos en el Hostal Pechi, un establecimiento familiar y humilde que resultó ser un auténtico hallazgo de carretera. El dueño es un fenómeno de los que ya no quedan; el bar del hotel, un templo auténtico con las paredes atestadas de fotografías taurinas y retratos de personalidades posando junto al propietario.
Tras descargar los bultos, aprovechamos las últimas horas de la tarde para una pequeña incursión en moto hasta Sanlúcar la Mayor, que nos quedaba a tiro de piedra. Nos tomamos un aperitivo tranquilo en la plaza del pueblo, disfrutando del compás pausado del Aljarafe sevillano antes de regresar al hostal para la cena.
La cocina del Pechi justificó por sí sola la parada. Nos sirvieron una ensaladilla impecable, unas croquetas de jamón crujientes y unas carrilleras celestiales, melosas, sin duda las mejores que he probado en los últimos años en ruta. Todo regado con un par de rebujitos bien fríos para limpiar el polvo de la jornada. Una noche magnífica de intendencia a la andaluza. Mañana, por fin, la Transalp enfilará hacia la luz de Vejer.
El 26 de septiembre arrancó temprano con el último desayuno en el Pechi. El objetivo de la jornada era ganarle la mano al reloj y alcanzar Vejer de la Frontera antes de que la canícula de las horas centrales del día convirtiera el asfalto en un infierno para dos. Enfilamos la bajada buscando la Costa de la Luz. Llegamos al Hostal La Janda a eso de la meridiana, sobre las 12:00. Un establecimiento viejo, reformado y conocido de otras estancias que tuvo el detalle de permitirnos el acceso anticipado a la habitación. Vejer ha subido un huevo de precios; el hostal es caro, rematadamente caro para lo que realmente ofrece en sus habitaciones. Es el peaje inevitable de un pueblo que se ha puesto obscenamente de moda entre el turismo mesetario y el pijerío estival.
Aligeramos el equipaje de lona, nos plantamos ropa cómoda y apuntamos el faro hacia Barbate en busca del templo del atún. La primera parada fue logística: el polígono industrial para arrasar con las compras de conservas en la tienda de Herpac, incluyendo el cargamento obligatorio de su bendita palometa ahumada. De ahí, directos a almorzar a la Peña El Atún. El local estaba lleno hasta la bandera, como siempre, pero el rancho sigue siendo fantástico. Marisa traía el antojo cerrado de sus famosos tacos de atún rojo, la especialidad de la casa, y dio buena cuenta de ellos.
Yo me mantuve fiel a mis clásicos: las sardinas ahumadas sobre mermelada de pimiento rojo y la ensaladilla de pulpo. Una comida redonda si no fuera por el detalle de la cuenta. Los precios se han duplicado en apenas tres años. Progreso le llaman ahora a inflar la factura del comensal de toda la vida; una inercia insular que ya conocemos bien en Mallorca.
La tarde la dedicamos a deambular por Vejer. Caminar por sus calles empedradas activa una melancolía extraña y pesada. Todo sigue visualmente en su sitio, las fachadas encaladas y las esquinas que conocemos de memoria, pero el alma del pueblo se va evaporando. Todo está ultracaro, tomado por oleadas de turistas atontados y un postureo insufrible que lo invade todo. Es el triunfo del turismo de borregos: negocios idénticos hechos para la foto de rigor en redes sociales y alquileres turísticos que expulsan la vida real de los barrios. Recordar la casa que tuvimos que vender hace solo tres años en la calle Rosario, con el dolor inmenso que supuso deshacerse de ese trozo de nuestras vidas en el casco antiguo para poder asumir los costes prohibitivos de la obra en Mallorca, hace que el paseo duela un poco más. El pueblo que amamos ya pertenece a otros.
Al caer la noche habíamos quedado con Franci y Sole, unos buenos amigos de Barbate. Nos llevaron a cenar a Las Delicias, en el paseo de la Corredera. El sitio ocupa un antiguo teatro reconvertido en restaurante; sobre el papel promete, pero en la práctica resultó ser un fiasco de proporciones bíblicas. Un monumento al postureo actual: camareros uniformados con delantales de diseño, microrraciones pretenciosas en platos demasiado grandes y precios de capital. Era comestible, desde luego, pero aborrezco profundamente este tipo de lugares donde pagas el decorado y la puesta en escena en lugar de la honestidad del producto. No quedó más remedio que capear el temporal por la compañía.
Para limpiar el mal sabor de boca de la cena, subimos a la zona alta de la muralla a tomarnos un cubata en uno de los pubs que resisten con buenas vistas. Cerramos la jornada regresando al Hostal La Janda para dormir, con el regusto amargo de comprobar que la gentrificación también se ha quedado con el sur.
El 27 de septiembre marcó el inicio del repliegue. Desayunamos en una cafetería cercana al hostal de Vejer antes de que el sol levantara el asfalto y enfilamos la ruta de regreso hacia Sevilla. Paramos a mediodía para el último rancho a dúo: unas tapas rápidas en Dos Hermanas, un trámite logístico antes de encarar el aeropuerto. Marisa tenía su vuelo de vuelta a Mallorca programado para las 17:00, así que la dejé en la terminal de salidas sobre las 15:00. A partir de ahí, la evasión volvía a su estado inicial: el vacío del casco, la Transalp y yo a solas frente a los kilómetros.
Por delante me quedaban 350 kilómetros de tirada en solitario para completar una jornada de 500 kilómetros en total. Una etapa de puro tránsito que, en el fondo, me gusta. Quien ha devorado asfalto por medio mundo y ha llegado a firmar jornadas salvajes de 900 kilómetros en un solo día sabe que estas distancias nacionales se afrontan con otra filosofía; es un ejercicio de resistencia pura y ritmo constante donde la cabeza se limpia al compás del motor. Dejé atrás Sevilla buscando los perfiles de la A-92, viendo cómo el paisaje cambiaba de nuevo hacia la dureza de las cárcavas granadinas a medida que el sol caía a mi espalda.
Alcanzé el Hotel Villa de Gor a media tarde. Es el típico y magnífico lugar de paso: un hotel funcional pegado a una gasolinera, con habitaciones amplias, cómodas y sin las tonterías estéticas que encarecen los destinos de moda. Directo a la ducha para quitarme el cansancio y la costra del viaje.
Al salir, la prioridad no fue el descanso, sino la intendencia de la máquina. La Transalp iba muy justa de refrigerante, así que compré un litro de anticongelante en la estación de servicio anexa. En el mismo aparcamiento restañé los fluidos de la nipona, repasando con mimo los niveles y tensiones tras el esfuerzo de los días previos a dúo. La dejé con el depósito repostado hasta la boca para evitar pérdidas de tiempo a la mañana siguiente. La jornada terminó con una cena en el propio comedor del hotel: un rancho abundante, honesto y bien cocinado, idóneo para recuperar fuerzas antes de irme a dormir. El viejo hierro de Tokio estaba listo para la última tirada hasta el barco de Dénia. La evasión estaba liquidada.
El 28 de septiembre supuso el regreso al mar. Arranqué de Gor a eso de las 10:00 de la mañana, feliz por una llovizna débil que caía sobre las cárcavas granadinas. Fue un espejismo; a los cien kilómetros el cielo volvió a rajarse y la solana canicular regresó para morder con fuerza el asfalto de Almería y Murcia. Sosteniendo el ritmo, devorando los últimos reductos de la península, alcancé Dénia pasado el mediodía. Un rancho rápido en un bareto cualquiera y directo a la estación marítima sobre las 15:30 para liquidar los papeles del embarque.
El ferry zarpó puntual a las 17:00, pero el Mediterráneo ya no era la balsa de aceite de la ida. El barco empezó a cabecear contra una marejada incómoda, desatando el clásico festival portuario: pasaje mareado potando por las esquinas y la tripulación desfilando de un lado a otro con cubos y fregonas. Para huir de los efluvios y del agobio del salón, me refugié en la cubierta posterior. Cené una pizza fría al relente, contemplando cómo el barco se revolvía contra las olas mientras la espuma blanca se perdía en la oscuridad del agua. Tras la parada de rigor en Ibiza para soltar pasaje, el buque enfiló el último tramo. Tocamos el puerto de Palma a las 22:00, sin novedad en la mecánica. A las 22:30, la Transalp descansaba sobre la pata de cabra en el garaje de casa. Fin de la ruta.
Hacer kilómetros es, a menudo, una forma silenciosa de ordenar el archivo del cerebro. Este viaje no traía las pretensiones internacionales del Snaefell ni la épica áspera del Sáhara o Uzbekistán; nació simplemente como un hachazo necesario, una descompresión a dúo para limpiar la cabeza tras demasiada tensión acumulada. Al final, la memoria no guarda los mapas ni las medias de consumo, sino los destellos que justifican el viaje: un halcón impasible bajo el flamenco bizarro de Baza, la honestidad brutal de un plato de carrilleras en el Aljarafe, el viento del Alentejo rozando las dehesas y esa luz atlántica de Vejer que, aunque ahora huela a postureo y pertenezca a otros, guardará siempre el eco de lo que fuimos en sus calles de cal. La carretera cumple su promesa: te vacía las alforjas de la rutina y te devuelve a casa con el mono de gasolina curado, listo para esperar la próxima tirada.

 

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