Miércoles, 17 de mayo de 2023
Para subir al Rif hay que evitar las autopistas que licúan el cerebro. Escogí la vía de la paciencia, metiendo las ruedas por caminos secundarios y carreteras olvidadas que mueren en pueblos de adobe donde el asfalto es casi un lujo. Rodar por estas arterias menores es enfrentarse al Marruecos real. A mediodía, el olor a grasa quemada y encina me hizo detener el hierro en un puesto de carretera de los que no salen en las guías turísticas. El decorado era puro nihilismo cárnico: cabezas de cordero colgando de ganchos oxidados, moscas patrullando el ambiente y brasas escupiendo un humo denso. Me sirvieron unos pinchitos morunos que, por intensidad, frescura y punto de fuego, harían las delicias del mismísimo Paul Bocuse o de Arzak. Comida de trinchera elevada a la categoría de arte. Departí un buen rato con los paisanos del lugar, tipos duros de manos encallecidas que miraban la matrícula con curiosidad hosca pero limpia, compartiendo un té amargo antes de volver a engranar primera.
Con el estómago asentado y la brújula apuntando al norte, acometí la ascensión hacia Chefchaouen por los valles del Rif. El paisaje fue tiñéndose del verde de las laderas hasta que el característico azul de la ciudad santa empezó a recortarse contra las cumbres de la cordillera. Fui directo al hotel ya conocido de anteriores campañas, el Dar Saida Hora, ubicado estratégicamente a las afueras de Chaouen para evitar el engorro del centro histórico.


Este sitio funciona bajo una ley sagrada de hospitalidad; está regentado por una familia acogedora y servicial que entiende perfectamente las necesidades del motorista. Lo primero, como dictan los cánones, fue meter la moto a buen recaudo en su espacio seguro. El negocio familiar incluye una pastelería y una lavandería en el mismo bloque. Cada vez que me hospedo aquí, todo son atenciones por parte del propietario y sus hijos. Una maravilla de la intendencia hotelera: una habitación impecable, limpia y totalmente recomendable que reconcilia a cualquiera con la especie humana tras el fiasco higiénico de Rabat.
Al caer la tarde bajé a perderme por las arterias de Chaouen.



Esta ciudad tiene un magnetismo visual que no cansa; el colorido de sus paredes encaladas en añil, los contrastes de luz en las esquinas y la geometría de sus callejuelas son un festín para la fotografía de carretera. Caminé sin rumbo, disfrutando de la tranquilidad de sus gentes, que mantienen una distancia respetuosa muy alejada de las aves de rapiña de las capitales imperiales. Cené un rancho decente en la plaza, saboreando el aire fresco que bajaba de las montañas y limpiando el cansancio acumulado en los kilómetros de curvas.
De regreso al Dar Saida Hora, con el hierro descansando abajo, el Lobo Solitario asumió que el viaje estaba tocando a su fin, pero el Rif todavía guardaba su última carta para el día siguiente.
🛠️ Informe de Carretera
- Tramo: Rabat – Carreteras secundarias del Rif – Chefchaouen.
- Estado de la Pista: Tramos secundarios revirados, con asfalto parcheado, badenes sin señalizar en los núcleos rurales y presencia de animales sueltos. Subida a Chaouen limpia y bien pavimentada.
- Estado de la Máquina: El bicilíndrico responde con nobleza en las pendientes del Rif. Neumáticos acusando el desgaste en los flancos tras tanta carretera de curvas. Presión del tren delantero estable.
- Incidencias: Almuerzo digno de estrella Michelin en un puesto de pinchitos de carretera. Estancia impecable, limpia y hospitalaria en el Dar Saida Hora con moto protegida. Paseo fotográfico por la medina azul.
