Jueves, 18 de mayo de 2023
Cruzar el Rif por la N2 es adentrarse en las entrañas del territorio más hermético y salvaje de Marruecos. El objetivo de la jornada era unir Chefchaouen con el puerto de Nador para coger el ferry de vuelta, atravesando el epicentro mundial del hachís: Ketama. El asfalto se retuerce en una sucesión interminable de curvas de montaña que exigen mantener los cinco sentidos en el puño del gas. El paisaje es una postal de contrastes rotos. A los lados de la calzada, las colinas están tapizadas por infinitas plantaciones de Beldía, la raza autóctona de cannabis de la región. Es una variedad puramente sativa, aclimatada durante siglos a la dureza del suelo rifeño; plantas bajas, resinosas y de hojas delgadas que resisten la sequía mejor que cualquier otro cultivo. Llama poderosamente la atención ver cómo las fincas más valiosas y modernas están blindadas con verjas electrificadas de alta seguridad, protegiendo el oro verde de las mafias locales.
En mayo las plantas apenas están creciendo; los campos son un manto verde tierno y el ambiente es plano. No escuché los míticos “tambores de Ketama”, ese repiqueteo rítmico e hipnótico que resuena en los valles en otoño, cuando los agricultores baten las plantas secas sobre tamices para extraer el polen. Paré brevemente en la mítica localidad de Ketama, un cruce de caminos gris y brumoso suspendido a más de 1.500 metros de altitud. La atmósfera aquí exuda un nihilismo denso; es una tierra sin ley real donde impera el código de la montaña. La gente de estas aldeas muestra un punto de desconfianza crudo. Tienen una mirada hosca y son mucho más reacios a hablar con el extranjero que en el resto del país; aquí cada coche o moto que pasa se analiza con sospecha policial. Comí un rancho rápido y anónimo en algún puesto de montaña del que ni me acuerdo, mero trámite para meterle calorías al cuerpo antes de seguir la marcha. Sardinas con ensalada.

La carretera continuó su descenso revirado hacia la costa oriental, dejando atrás la humedad de los pinares del Rif para reencontrarse con el paisaje seco que anuncia la cercanía de Nador.

El paso por los controles de la Gendarmerie Royale fue rutinario, acelerado por la proximidad del puerto. Llegué a Nador por la tarde con el tiempo justo para los trámites de aduana. El embarque se realizó a las 22:00 hrs. sin novedades burocráticas ni contratiempos mecánicos: el hierro subió la rampa del ferry limpio y el moco de la rueda delantera aguantó de forma impecable hasta el mismísimo muelle de salida.
Para quemar las últimas horas en suelo africano antes de que el barco soltara amarras, me refugié en un bar que conozco justo en frente del puerto, el restaurante Recapo. Lo regenta un andaluz de la vieja escuela, un superviviente de la frontera que sirve de nexo entre los dos continentes.

Sentado en la barra, con una cerveza fría legítima en la mano mientras contemplaba el trasiego de camiones y viajeros a través de los ventanales, sentí el peso del viaje disolverse en el alcohol. África se quedaba atrás, dura y real, en el espejo retrovisor del barco. El Lobo Solitario había completado el asalto sahariano y el regreso a casa ya era solo cuestión de millas náuticas.
🛠️ Informe de Carretera
- Tramo: Chefchaouen – Bab Berred – Ketama – Al Hoceima (periferia) – Nador (Puerto).
- Estado de la Pista: N2 espectacular en su trazado pero exigente. Asfalto rugoso de montaña, baches por heladas invernales en las zonas altas de Ketama y parches de gravilla suelta en los arcenes.
- Estado de la Máquina: El bicilíndrico culmina la etapa reina de curvas sin desfallecer. Suspensiones trabajando a destajo. El neumático delantero se mantiene estanco y sella definitivamente la campaña africana.
- Incidencias: Travesía por el Rif entre plantaciones fortificadas de cannabis sativa (Beldía). Ambiente hosco y desconfiado en Ketama. Espera logística en el bar del andaluz frente al puerto de Nador y embarque limpio.
