Fecha de la tirada: Del sábado 23 al lunes 25 de mayo de 2026
La travesía del Cantábrico desde el puerto de Zierbena fue un paréntesis de descanso excelente. Las 28 horas a bordo del Galicia, uno de los buques más modernos y confortables de Brittany Ferries, sirvieron para acumular el último sueño limpio en camarotes impecables. Un crucero plácido que terminó el domingo 24 de mayo a las 17:30 de la tarde, cuando la enorme compuerta del barco caía sobre el cemento del puerto de Portsmouth. Tocar tierra en Inglaterra a esa hora exige activar el chip de inmediato bajo la luz del ocaso: embrague, primera y a conducir por la izquierda. Los primeros kilómetros con las motos cargadas exigen una concentración ciega; los retrovisores cambian de sentido, las rotondas se acometen al revés y la mirada tiene que anticipar el tráfico con una lógica invertida. Recorrimos los escasos kilómetros urbanos hasta el Ibis Budget Portsmouth Dockyard, nuestro cuartel general para esa primera noche en suelo británico.
El ambiente en el hotel reflejaba la tensión real que se respira en los puertos ingleses cuando se celebra el TT. El aparcamiento era un hervidero de motos de todas las nacionalidades, pero el ambiente estaba enrarecido: las alertas por robos masivos de bandas organizadas estaban al orden del día. La intendencia se convirtió en una operación de vigilancia perpetua. Dejamos las monturas bajo el ojo de las cámaras de seguridad, encadenadas entre sí y con los antirrobos pasados, mientras las patrullas policiales daban vueltas constantemente por el recinto. Con los hierros a buen recaudo bajo la supervisión de los agentes, y algunos moteros inquietos que planteaban turnos de guardia, pudimos cerrar los ojos con cierta tranquilidad.

El lunes por la mañana el viaje se volvió puro motor. Arrancamos temprano enlazando por la A34. El hambre, la necesidad de estirar las piernas y la reserva de los depósitos nos obligaron a parar en una estación de servicio en plena ruta, kilómetros antes de llegar a la altura de Milton Keynes. Fue ahí, devorando algo rápido sobre el asfalto de la gasolinera con la vista puesta en el gps, donde el veneno de las cuatro ruedas cambió el itinerario del día. Como enfermo confeso de la Fórmula 1, mirar el mapa y ver la proximidad de los templos de la velocidad fue una provocación excesiva. Alteramos el rumbo hacia el circuito de Silverstone y la jugada salió redonda. No solo logramos acceder a las instalaciones para tomar algo y sacudirnos el tedio de la autopista, sino que nos encontramos el trazado en plena ebullición con las GT Series rodando en pista. Aproveché para sacar varias fotos limpias mientras el rugido de los GT3 atronaba contra las gradas de la recta principal.


Con los tímpanos contentos, completamos el plan merodeando las tripas exteriores del “Motorsport Valley” y las sedes técnicas de la zona. Nuestro objetivo eran las factorías donde se cuece la tecnología punta, como Milton Keynes la sede de Aston Martin, McLaren. Parados justo junto a la novísima base de operaciones del Cadillac F1 Team en Silverstone, el destino nos guardaba el verdadero premio de la jornada. Coincidimos en los exteriores con un ingeniero joven catalán que trabaja en el desarrollo del nuevo monoplaza. Estuvimos charlando un buen rato sobre aerodinámica, la complejidad de levantar una escudería desde cero y la vida de precisión en Northamptonshire. La carretera tiene esa magia: sales buscando carreras de motos en una isla y terminas debatiendo sobre fibra de carbono con un compatriota en el epicentro del automovilismo mundial.


Tras dejar atrás el perfume tecnológico de Silverstone, acometimos el hachazo definitivo hacia el noroeste de Inglaterra. Una tirada de más de dos horas y claro desprecio por el descanso, cruzando los condados interiores por Radway Green Road en Cheshire hasta enlazar con la autopista M62. El tráfico británico es rápido, disciplinado pero implacable con el motorista. Mantuvimos los cruceros firmes; la montura de carburación rodando redonda, ajena al cambio de país, y Rafa marcando el ritmo con la eficiencia milimétrica de su NC750. La carretera nos escupió finalmente en el entorno urbano de Liverpool, directos hacia la terminal de Waterloo Road.
El verdadero embudo logístico del viaje nos esperaba en los muelles. A las 20:30 de la tarde accedimos a las entrañas del Manannan, el catamarán rápido de la Steam Packet. Entrar en esa bodega es una experiencia caótica. Cientos de motos de todas las épocas, cilindradas y procedencias se agolpaban en filas apretadas, separadas por apenas unos palmos. La tripulación, con la prisa de quien repite la maniobra mil veces al día, las iba trincando de mala manera al suelo utilizando viejos cabos de cáñamo. Un nudo marinero rápido sobre la estribera o el chasis, un tirón fuerte y a confiar en la fortuna. La travesía por el Mar de Irlanda, afortunadamente, fue una delicia inesperada. Navegamos entre las siluetas iluminadas de las torres petrolíferas que emergen de la oscuridad profunda, avanzando con una suavidad pasmosa gracias a un mar inusualmente en calma chicha.



A las 23:30 de la noche, las rampas del Manannan golpearon el puerto de Douglas. Desembarcar en Man a esa hora de la noche, con la oscuridad rota únicamente por las farolas portuarias, te mete de golpe en otra realidad. Tras pasar los controles, rodamos en penumbra cruzando Quarterbridge Road y Peel Road. Saber que esas místicas líneas de asfalto que pisábamos despacio son las mismas que los pilotos trazan a trescientos kilómetros por hora a la luz del día te eriza la piel, por muy curtido que tengas el colmillo. Nos alejamos conscientemente del bullicio del paddock y la masificación urbana buscando el Douglas Rugby Club, cuyo terreno de juego principal había sido habilitado temporalmente como zona de acampada. Bien entrada la noche, en mitad del silencio del césped y con la única ayuda de la luz de nuestros frontales, nos pusimos a levantar las tiendas de campaña. Fue una operación rápida y silenciosa, con el frío de la noche atlántica calando la ropa y la espalda rota tras la paliza británica. El crujido de las piquetas hundiéndose en la tierra marcó el final de la ruta de aproximación. Nuestra primera noche de camping en la isla. La meca del Tourist Trophy ya estaba bajo nuestras botas.
🛠 Informe de Carretera
- Tramo: Puerto de Zierbena (Bilbao) – Puerto de Portsmouth – Bicester (Oxfordshire) – Circuito de Silverstone (Factorías de F1) – Crewe (Cheshire) – Liverpool – Puerto de Douglas (Isla de Man) – Douglas Rugby Club.
- Estado de la Pista: Travesía de 28 horas altamente confortable en el ferry Galicia. Enlace rápido por el Mar de Irlanda a bordo del catamarán Manannan sobre aguas en calma chicha. Autovías británicas rápidas (A34 y M62) en óptimas condiciones. Asfalto portuario en Liverpool bacheado y roto. Rodar nocturno por Douglas limpio, frío y con la humedad típica del norte.
- Estado de la Máquina: El veterano hierro de Tokio completó el kilometraje sin pestañear; la carburación no dio muestras de fatiga en las autopistas inglesas y el nivel de aceite sigue clavado. La NC750 de Rafa se confirma como una roca de precisión y consumos irrisorios. Amarres revisados tras el rústico trincado con cabos de cáñamo en la bodega del Manannan.
- Incidencias: Desembarco por la tarde en Portsmouth y pernocta en el Ibis Budget bajo estricta alerta por robos de motos, solventada con patrullas policiales constantes. Parada técnica en gasolinera de la A34 donde se decide el desvío. Acceso al circuito de Silverstone con GT Series en pista. Charla técnica imprevista con un ingeniero catalán de Cadillac F1. Embarque a las 20:30 y llegada a Man a las 23:30. Montaje nocturno de tiendas con frontales en el Douglas Rugby Club.
