Fecha de la tirada: Del viernes 5 al lunes 8 de junio de 2026
Abandonar la monumental Ciudad Rodrigo por la mañana significa poner la proa de la moto hacia una de las franjas más indómitas y hermosas de la geografía peninsular: la frontera difusa con Portugal. El viejo bicilíndrico de la 650 despertó entre las murallas salmantinas bajo un cielo limpio, listo para acometer la bajada hacia el sur siguiendo la línea de la Raya. No busqué las autovías impersonales; preferí el asfalto secundario que serpentea entre dehesas y pueblos que viven a otro ritmo. Albert Camus escribió que, para comprender el mundo, uno debe apartarse de él de vez en cuando; la carretera fronteriza cumple esa función a la perfección. El calor ya empezaba a apretar con fuerza sobre el equipo de cordura cruzando Extremadura, un recordatorio drástico de que los días de frío atlántico en el Mar de Irlanda habían quedado definitivamente atrás. Tras atravesar el Guadiana, la ruta me metió de lleno en las primeras estribaciones andaluzas a través de las reviradas carreteras de Huelva, llegando a media tarde a mi destino de la jornada: Cortegana.
Decidí dar por concluida la tirada del viernes allí y buscar el descanso en el Hotel Sierra Luz. Fue una elección impecable. El complejo es sumamente correcto, con habitaciones amplias y funcionales que te permiten descargar los bártulos sin agobios de espacio. Lo primero que hice tras registrarme y dejar la montura a buen recaudo en un rincón seguro fue buscar la piscina cubierta. Pegarse un buen chapuzón y nadar un rato con el agua fresca es el mejor bálsamo que existe para descontracturar los músculos de la espalda y los brazos tras tantas horas de manillar acumuladas desde el Cantábrico. Un lujo sencillo y necesario que me dejó como nuevo para afrontar la cena y el descanso nocturno.

El sábado amaneció con el olor a encina y dehesa de la sierra onubense. Antes de enfilar definitivamente hacia la costa, la ruta exigía una parada obligatoria en la capital del ibérico. Conduje los pocos kilómetros que separan Cortegana de Jabugo, aparcando la moto sobre las doce de la mañana con una misión de intendencia clara. Me dirigí a la tienda de Corteibero, un rincón soberbio donde trabajan un producto de una calidad excepcional. El dueño es todo un personaje, de esos tipos auténticos, carismáticos y con un palique excelente que te ganan desde que entras por la puerta. Tras una buena charla técnica sobre curaciones y montaneras, completé un encargo formidable: un jamón de Jabugo legítimo y una selección de embutidos de primera categoría. Como las maletas de la moto ya iban al límite y el calor del sur no es el mejor aliado de la grasa, cerramos el trato para que me lo enviasen todo directamente por mensajería a mi casa de Mallorca. Una jugada perfecta.

Con el botín logístico camino de las islas, reanudé la marcha para afrontar el trámite rápido que me separaba del Atlántico. Tras una tirada sostenida cruzando los campos sevillanos sobre las dos de la tarde, la luz cambió. La densidad del aire empezó a oler a sal y las retinas se prepararon para el reencuentro más esperado del viaje. A última hora de la tarde, la Transalp coronaba la impresionante silueta blanca de mi tierra querida, mi remanso particular de paz: Vejer de la Frontera.

Llegar a Vejer es, para mí, una experiencia que trasciende lo puramente rutero; es respirar una tranquilidad que se mete en los huesos y desenterrar los fantasmas de una juventud formidable. Lawrence Durrell decía que, somos hijos de nuestros paisajes; parte de mi juventud se modeló en estas costas. Durante varios años fui el afortunado propietario de un pequeño apartamento en el casco antiguo, concretamente en la calle Rosario, en pleno centro histórico. Aquellas paredes medievales fueron mi refugio hasta que en 2023 la implacable realidad inmobiliaria de Baleares me obligó a tomar una decisión pragmática: tuve que venderlo para poder acometer la costosa obra de mi nueva casa en mi pueblo de Mallorca. Las islas no perdonan en lo económico, pero perder ese trozo de Cádiz me dolió profundamente. Por eso, aparcar la moto junto a la Plaza de los Pescaditos (Plaza de España para los turistas) trajo de golpe una oleada de recuerdos de los años 90. Eran los albores del windsurf, una época obsesiva en la que devorábamos año a año Caños de Meca, las Casas de Porro en Tarifa y Bolonia, desafiando al levante con velas remendadas cuando el deporte aún conservaba su espíritu más salvaje, libre de postureos.

Para la estancia en el pueblo busqué el abrigo del Hotel La Janda, un establecimiento honesto y hospitalario regentado por unos buenos amigos que siempre saben cómo tratar al motorista. Tras bajar el equipaje y sacudirme el polvo de la paliza desde Huelva, la noche vejeriega exigía cumplir con una de mis tradiciones gastronómicas predilectas. Fui a cenar a la Tapería Sumia, un rincón gastronómico espectacular ubicado en pleno paseo, con una vista privilegiada sobre el Parque de la Breña, con el alma anclada en el producto local. Está regentado por un matrimonio marroquí encantador que mima cada plato con una honestidad inusual. Allí, entre tapas que saben a la verdad de la comarca y una copa de vino de la tierra, dejé pasar las horas saboreando el silencio de la noche gaditana.

El domingo amaneció con esa luz limpia que solo el litoral atlántico sabe regalar. Tocaba cumplir con la última liturgia de La Janda antes de iniciar el largo retorno hacia el este. Sobre las once de la mañana, la Transalp ya estaba estacionada en Barbate frente a las instalaciones de Herpac. Allí cayó la compra reglamentaria y sagrada: 1 kg. de palometa ahumada, un poco de mojama de atún rojo de almadraba y varias conservas. Con las maletas listas, bajé hacia la zona portuaria para cumplir con el segundo rito barbateño: tapear en el mítico Bar El Paquete, solitario, en una explanada polvorienta justo enfrente del puerto pesquero de la localidad. Sentarse en esa barra marinera, rodeado de gente de la mar, para dar cuenta de un tapeo de pescado fresco sin florituras ni engaños, te reconcilia con la hostelería genuina antes de emprender de nuevo la marcha.

Pasadas las dos de la tarde inició la aproximación hacia el este por la autovía A-92. La ruta no buscaba llegar del tirón a la costa levantina, sino hacer una parada de rigor sobre los 400 kms. de marcador, en un punto medio exacto que ya es un clásico en mis rutas por el sur: el Hotel Cerrillo de San Marcos, en el término de Diezma, muy cerca de Guadix. Llegué a media tarde, bajo los perfiles duros de las cárcavas granadinas. Las instalaciones y el precio del hotel son correctos, pero el paisanaje local mantiene su tónica; el personal destaca por ser tirando a arisco y esquivo, de esos tratos secos que exigen paciencia rutera. Tras registrarme, tocó librar la pequeña batalla de la jornada: convencerlos, no sin ciertos regañadientes por su parte, para que me guardaran en los refrigeradores del supermercado del hotel el tesoro de Herpac. Perder esa palometa ahumada por culpa del calor andaluz no era una opción viable.
Una vez asegurada la mercancía y cumplido el rito de la ducha, la noche granadina exigía reencuentros. Subí los pocos kilómetros que separan el Cerrillo del núcleo urbano de Diezma para buscar el Bar El Guinda. El dueño es todo un personaje de la zona, un tipo auténtico que maneja las ascuas con maestría y al que ya he visitado en unas cuantas ocasiones. Sentarse allí para dar buena cuenta de un gazapo a la brasa soberbio, cocinado al punto exacto que da la leña, es reconciliarse de inmediato con la verdad de la gastronomía de carretera. Un rancho rudo, excelente y con carácter para cerrar la última noche en la península.
El lunes amaneció con el aroma del asfalto definitivo. Fue una jornada de transición pura, de esas en las que el cuerpo ya ha iniciado el regreso antes que las propias ruedas. Dejé atrás las cumbres de Granada buscando el Mediterráneo a través de la llanura almeriense. Sobre el mediodía, cuando el calor del este empezaba a derretir el horizonte, la sed y la fatiga obligaron a buscar un refugio en el arcén. Paré en un clásico bar de carretera en el entorno de Venta Overa. No hay mejor santuario que una barra de azulejos donde te sirven una cerveza fresquísima, de esas que devuelven la vida, rompen el polvo del camino metido en la garganta y templan el pulso antes del último esfuerzo.
La tirada continuó sin novedades hasta el puerto de Denia. Sobre las cinco de la tarde, la silueta de la 650 se perdía en la bodega del ferry de Balearia, iniciando la travesía de retorno a las islas. El barco cumplió con su liturgia portuaria: una escala técnica de una hora en Ibiza, contemplando el ir y venir de los viajeros bajo el crepúsculo balear, para reanudar la marcha definitiva cortando las aguas mansas del Mediterráneo.

A las diez de la noche, las rampas del buque golpeaban finalmente el hormigón del puerto de Palma. Desembarcar en casa después de semejante cabalgada tiene la textura de los sueños cumplidos. Rodé los últimos kilómetros hacia mi pueblo bajo el cielo estrellado de Mallorca, escuchando el ronquido familiar del motor de la Transalp, que regresaba sucia y gloriosa tras haber conquistado el norte. Reverte escribió que el verdadero viaje no termina cuando se llega al destino, sino cuando el viajero se sienta a recordar. Al apagar el contacto en el garaje y poner la pata de cabra, el silencio inundó el espacio. El viaje a la Isla de Man TT 2026 había terminado, las piquetas se habían recogido y la abuela volvía a descansar. Pero mientras limpiaba el polvo del depósito, supe que una parte de nosotros se había quedado para siempre flotando sobre el asfalto del Snaefell, allí donde la velocidad se vuelve religión y los hombres desafían a los dioses en cada curva.
🛠 Informe de Carretera
- Tramo: Ciudad Rodrigo – Cortegana – Jabugo – Vejer de la Frontera – Barbate – Diezma (Cerrillo de San Marcos) – Venta Overa – Puerto de Denia – Palma de Mallorca.
- Estado de la Pista: Autovía A-92 e itinerarios de levante en óptimas condiciones de rodaje, bajo un calor estival intenso. Travesía marítima con Balearia en calma absoluta, con escala puntual en Ibiza y desembarque limpio en Palma a las 22:00.
- Estado de la Máquina: La Transalp 650 cierra el periplo europeo confirmándose como un monumento a la fiabilidad mecánica; el motor de carburación regresó sin una sola queja, manteniendo los consumos a raya a pesar del drástico cambio térmico de las autopistas andaluzas. Neumáticos listos para el relevo tras haber cumplido con creces en todo tipo de firmes.
- Incidencias: Pernocta en Cortegana con descanso en el Hotel Sierra Luz. Compra y envío de embutidos en Corteibero de Jabugo. Estancia en el Hotel La Janda de Vejer y cena en Tapería Sumia. Compra en Herpac y almuerzo en El Paquete de Barbate. Parada intermedia en el Cerrillo de San Marcos de Diezma con cena de gazapo en El Guinda. Almuerzo rápido con cerveza impecable en un bar de carretera en Venta Overa antes del embarque a las 17:00 en Denia. Llegada a destino sin novedades mecánicas.
